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nuria vega | madrid
León

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No hubo foto en el balcón de la sede del PP en Sevilla, tampoco militantes aclamando al candidato ni resultado que pudiera adornarse. «Batacazo», «debacle», «aviso», fueron los términos que recorrieron el partido de arriba abajo. Solo, con los suyos, sin el acompañamiento de nadie de la dirección nacional, Juan Manuel Moreno siguió el escrutinio de la noche electoral desde el subsuelo de un céntrico hotel de la capital andaluza, donde supo que los populares habían obtenido el peor resultado en Andalucía desde sus inicios en 1990. «Tenemos la obligación de escuchar el mensaje de los ciudadanos que no han otorgado ninguna mayoría absoluta», acertó a proclamar Moreno.

En los pasillos del cuartel general montado al efecto se pasó de la expectación a la desolación. Mientras, tras haberse volcado en la campaña, el presidente del Gobierno, varios miembros del Ejecutivo, la cúpula del partido, incluido su vicesecretario de Política Autonómica y ex candidato regional, Javier Arenas, optaron por poner tierra de por medio y siguieron el recuento desde la madrileña calle Génova, lejos de donde tocaba asumir la derrota. La dirección asegura no tener nada que reprochar a Moreno, que continuará en su cargo, pero en las filas populares se vive con temor que este sea el anticipo de lo que está por venir.

La distancia inmensa con el PSOE de Susana Díaz y la pronunciada caída arrojan luz sobre el estado de un PP que por primera vez medía en una elección nacional cómo se valoraba su gestión de la crisis. Los recortes, los incumplimientos del programa con el que Rajoy se presentó en 2011 y, sobre todo, la corrupción, han barrido la imagen de los populares.

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