«Peter se asustaba con los fuegos de San Juan porque le parecían bombas»
El sacerdote Emigdio Magdaleno con el niño Peter Artofer.
Llamaban la atención por sus cabelleras rubias y sus ojos azules. Los niños austriacos venían a recuperarse de las secuelas físicas y psicológicas de la guerra y fueron recibidos con los brazos abiertos por familias prominentes de León. Fernández Valladares, Del Valle, Elosúa... son algunos de los influyentes apellidos de aquellas familias adoptivas.
Cáritas y Acción Católica hicieron el llamamiento que se propagó desde los púlpitos. Un cura humilde de pueblo también quiso contribuir a la caritativa tarea y así como Emigdio Magdaleno se convirtió en el padre de Peter.
Eran las vísperas de las fiestas de San Juan de 1949, recuerda Alberto Magdaleno, fundador de la librería que hoy gestiona su hijo como tienda de regalos, tenía por entonces 21 años.
Su hermano Emigdio era párroco en Cazanuecos y ante la llamada de Cáritas para captar familias de acogida fue el primero en prestarse voluntario. Otras dos familias del pueblo se sumaron. Peter Artofer fue el ‘hijo’ del cura durante los nueve meses que duró la estancia. «Era un chico muy listo, a los tres meses ya sabía hablar castellano». También se acuerda de Richard, que vivió con la familia del carpintero, y de Kelinde, una niña que llegó con su acordeón y tocaba en la huerta del cura mientras la chiquillería del pueblo disfrutaba de la música y de las frutas de los árboles.
Eran niños supervivientes de muchas penurias. «Peter se escapó de un carro en el que los llevaban tirándose y guardándose entre unas ramas, según nos contó cuando aprendió a hablar», cuenta Alberto. La primera palabra que dijo en español fue «olé». «Estábamos en la plaza de toros cuando rompe el silencio la voz de un niño diciendo olé y era nuestro Peter», cuenta emocionado. Por la noche, cuando se pusieron a tirar los fuegos «el chico se asustaba mucho porque creía que eran bombas». Cuando llegó la hora de partir, el chaval quería quedarse: «Papá, yo me meto en el arca y no me llevan», le dijo. Tal debía ser su apego que la madre no sólo no le dejó regresar, como hicieron la mayoría de los niños, sino que cortó todo el contacto con la familia. El padre Emigdio se llevó una gran desilusión cuando fue a buscarle a la estación de Francia en París y no apareció. En su lugar trajo a la niña que acogía la familia Fernández Valladares. Pero cuarenta años después ‘padre’ e ‘hijo’ se volvieron a ver en Viena gracias a la asociación Reencuentro. Fue una sorpresa que les convirtió en los protagonistas del homenaje tributado a las familias españolas.