La ‘tristeza’ desaparece con el primer show de Podemos
Las rastas, los tatuajes y los piercing marcan tendencia frente al traje típico.
Carolina Bescansa, con su hijo Diego, tras depositar su voto en el Congreso.
Tras cuatro años de triste grisura, el Congreso vivió ayer una jornada colorida, como si fuera fiesta mayor. La cofradía de los sin corbata ha dejado de ser minoría para marcar tendencia. Las rastas, tatuajes y piercing de las señorías de Podemos contrastaban con las sosas indumentarias parlamentarias de siempre. Un grupo, el morado, con 69 diputados y un bebé. Diego, el hijo de seis meses de Carolina Bescansa, recibió las carantoñas de casi todos, y entre teta y teta de su madre aguantó sin llorar las cuatro horas largas de constitución del Congreso.
El partido que lidera Pablo Iglesias demostró su maestría en el arte de la comunicación. Sobre todo cuando hay 500 periodistas acreditados para informar de 350 diputados. El pleno de constitución del Congreso suele ser una tediosa sesión con escaso brillo mediático, pero Podemos decidió que no iba a ser así y que ellos iban a ser los protagonistas. Los diputados de Compromís, sus socios valencianos, querían que todo el mundo se enterara de su llegada al palacio de la carrera de San Jerónimo y se presentaron con una banda de música de Ontiyent para entrar «con alegría y reivindicando una de las señas de identidad de la cultura valenciana», según el parlamentario Joan Baldoví. Los tres diputados de Equo, otro aliado minoritario, llegaron en bici con Juantxo López de Uralde al frente y las dejaron en el parking del Congreso.
Para entonces, en torno a las 9.00 de la mañana, la mayoría de los diputados ya había llegado para coger sitio en el hemiciclo dado que no había asientos asignados. Los de Esquerra no madrugaron y la presidenta de la Mesa de Edad, la popular María Teresa de Lara, avisó que los independentistas «no tenían sitio» en el Parlamento de España. Primera y única carcajada colectiva del día. Los nueve diputados de Esquerra fueron reubicados casi en el gallinero del salón.
Las ráfagas de los flashes de los fotógrafos avisaban de los movimientos de Bescansa y su bebé. Si el niño lo cogía Pablo Iglesias, fogonazo; que lo tenía en brazos Iñigo Errejón, nuevo fogonazo. El caso es que nadie hacía caso de la monótona lectura de los nombres de los diputados para que pasaran a votar. Sólo cuando las secretarias tenían que mencionar a la diputada de Bildu Marian Beitialarrangoitia se rompía el tedio porque indefectiblemente se atrancaban con el apellido. El ambiente festivo contagió a un diputado de Esquerra que aprovechó la votación para elegir al presidente del Congreso y poner en su papeleta «el niño de Bescansa». Voto nulo.
La gracia de la presencia del bebé derivó poco a poco en polémica porque muchos diputados, sobre todo diputadas, comenzaron a criticar por los pasillos que Bescansa se hubiera traído el retoño al pleno. La mayoría se preguntaba por qué no lo dejó en la guardería del Congreso como hacen otros parlamentarios y empleados de la Cámara con sus hijos. Cuesta 150 euros al mes o 30 euros al día para casos excepcionales. «Es un gesto simbólico por la reivindicación de todas las mujeres que tienen que conciliar vida familiar y personal y vida laboral y no pueden. Queremos madres haciendo política», argumentó Podemos en un comunicado. Pero ya daba igual. El protagonista de la jornada era Diego, no Patxi López, el nuevo presidente del Congreso.
La segunda parte de la estrategia de Podemos para acaparar los focos llegó con la ceremonia de promesa o juramento para asumir la condición de diputado. El imperativo legal invocado en su día por los diputados de Herri Batasuna fue un juego de niños en comparación con las largas fórmulas empleadas por los 69 de Podemos.