EL CAMINO HACIA LAS NUEVAS ELECCIONES
Pedro Sánchez se identifica con Suárez y recurre al «puedo prometer y prometo»
El secretario general del PSOE, junto a Susana Díaz, es proclamado candidato a La Moncloa.
Díaz y Sánchez durante el acto de presentación del candidato a la presidencia. EMILIO NARANJO
p. de las heras | madrid
No consiguió formar Gobierno y ahora el PSOE corre el riesgo de difuminarse en una campaña que se prevé enormemente polarizada entre el PP y la coalición formada por Podemos e Izquierda Unida. Su única baza es apelar a la necesidad de consenso y al valor que tiene ser una fuerza centrada frente a dos extremismos. Esa es al menos la tesis del comité de campaña socialista y a ella se aferró Pedro Sánchez en su proclamación como candidato a La Moncloa. Tanto, que hasta cayó en la tentación de identificarse con Adolfo Suárez, como en otras ocasiones lo ha hecho el líder de Ciudadanos, Albert Rivera.
«Puedo prometer y prometo decencia; puedo prometer y prometo diálogo; puedo prometer y prometo dedicación», dijo, ante medio millar de socialistas reunidos en un pabellón municipal de Móstoles, echando mano de la reconocible fórmula empleada por el ex presidente en vísperas de las elecciones de 1977. No deja de resultar irónico que un secretario general del PSOE que, además, reivindica los avances sociales logrados por su partido desde la victoria de Felipe González en 1982, apele al espíritu de quien fuera rival de sus mayores. Pero, para los españoles, hoy Suárez es el epítome del espíritu de la Transición, y sus valores son los que ahora aspira a encarnar el PSOE.
Los asesores de Sánchez sostienen que, pese a la difícil coyuntura política y a la amenaza que supone para su posición hegemónica la unidad de las dos fuerzas que compiten con el PSOE en la izquierda, en esta campaña tienen una ventaja sustancial frente a la anterior. «Ahora la gente ya sabe qué esperar de nuestro candidato». El líder socialista arrastraba un déficit de credibilidad que ahora, dicen, se ve contrarrestado por el hecho de que, durante los meses transcurridos entre las elecciones del 20 de diciembre y el fin de la breve legislatura, no se ha salido del guión marcado.
«Decían que pactaría con quienes quieren romper España; yo dije que no iba a ser presidente del Gobierno a cualquier precio y he hecho honor a la palabra dada», suele decir él. Ahora su bandera es la de que sólo su victoria puede garantizar un «cambio con sentido común». «España no merece ser gobernada ni por la pereza ni tampoco bloqueada por la intransigencia de otros», adujo desde el mismo escenario que unos minutos antes había ocupado para presentarle Susana Díaz.
En su discurso, Sánchez eludió citar de manera explícita a Podemos o a su líder, Pablo Iglesias -con el que ya asume que, en el mejor de los casos, tendrá que intentar pactar tras las elecciones del 26 de junio (también con Ciudadanos)- pero implícitamente le dedicó varios reproches. Y, sobre todo, trató de identificarlo con un proyecto personalista y alejado de los intereses reales de los ciudadanos.
Si un flanco débil pueden encontrar los socialistas a la alianza de Iglesias y Alberto Garzón es que dinamita la pretendida transversalidad del proyecto podemista para situarlos en la izquierda sin concesiones. En ese espacio menos escorado y desde el que, supuestamente, se pueden construir mayorías aspira a atornillarse el hoy principal partido de la oposición. «Ya nos conocen a todos, ya saben quiénes cumplimos con nuestra palabra y trabajamos por el cambio -insistió Sánchez- y quiénes defraudaron ese cambio y bloquearon la recuperación de la sanidad pública, la ampliación de las becas escolares o la derogación de la reforma laboral».
Ausencias
El secretario general del PSOE trató de mostrarse fuerte e ilusionado. Pero lo cierto es que en el acto de ayer, que sucedió a una breve reunión del Comité Federal en el que se aprobaron las listas y el lema de la campaña, ‘Un sí por el cambio’, estuvo algo desangelado. Si antes del 20 de diciembre, la proclamación de Sánchez como candidato se hizo a lo grande, en el Teatro Price, con cientos de invitados y una gigantesca bandera de España, esta vez el asunto se despachó ante medio millar de personas en un modesto pabellón deportivo. Bien es cierto que tampoco los ciudadanos entenderían grandes fastos, pero es que ni siquiera estuvieron presentes todos los poderes del PSOE.