EL DEBATE A CUATRO
Cuatro sonrisas cansadas
Los candidatos se mostraron agotados en una noche en la que cada uno replicó en la ropa los estereotipos de sus colores políticos

Los cuatro líderes antes de comenzar el debate. MARISCAL
A eso de las nueve de la noche, en el oeste de Madrid se iba a jugar la superbowl electoral. Más de mil personas trabajando, centenares de policías, cientos de kilómetros de cable tapizando el suelo, los reporteros tensos como las cuerdas de un violín y policía suficiente para invadir un país. Los cuatro candidatos entraron sonriendo abiertamente, como si entraran en una fiesta sorpresa que ya conocían de antemano, como si no supieran -o quizás supieran demasiado- que se estaban jugando -según algunos apostadores- el 30% del voto indeciso.
Sus ánimos parecían ligeros como los vuelos de la falda del vestido gris de Irene Montero, pero solo era un espejismo. Cuando las cámaras tomaron el primer plano de los candidatos, esas cuatro muecas eran en realidad cuatro sonrisas cansadas, rúbricas de un país agotado en tiempo de descuento.
El primero en llegar fue Albert Rivera, con su traje azul y su camisa blanca y su corbata ausente. En esto, los candidatos fueron como en todo lo demás: excesivamente previsibles. A Mariano Rajoy le había elegido la corbata su señora en la Moncloa: traje azul marino y corbata del mismo color. Traía su propia maquilladora. Un peldaño por debajo, el líder socialista y su corbata granate con traje negro. Pedro Sánchez no es el tipo más espontáneo del mundo, pero su mujer es una bomba. Es la única que se atreve con todo y cuando se planta en el 'photocall' parece un desafío.
Después de algunas apariciones al filo del abismo, Begoña Gómez, tan sonriente, lanzada y con tanto swing que a veces parece un personaje de Tim Burton, es toda la espontaneidad de Sánchez. Al entrar le dio un abrazo y un meneo al histórico realizador Fernando Navarrete que casi lo descoyunta. Le frotó así fuerte la espalda como si bajaran de un telesilla de Panticosa y en realidad hacía tal bochorno que a los policías se les estaban fundiendo las gorras.
Dentro, en cambio, hacía un frío estepario, quizás por mantener fresco el plató en la parte alta del palacio, con lo que el edificio, congelado por dentro y ardiendo por fuera, parecía el famoso 'soufflé surprise' de Lardhy, que tiene dentro una bola de helado.
Se cree que esta vez, Sánchez fue comedido en el menú para evitar lo que sucedió en el último debate, cuando tuvo alguna que otra urgencia digestiva. Y después, los emergentes: a Rivera ya lo hemos definido y Pablo Iglesias quiso volver a la base del protocolo, y esto es pantalones vaqueros y camisa blanca. "Pablo se pone la corbata cuando le apetece", replicó su jefa de gabinete Irene Montero y el comentario sonó casi tan íntimo como cuando se pasan el cigarro sin tener que pedírselo o como cuando aparecen en el programa de Podemos en el salón de casa, ella en pijama, él viendo el televisor, y encima de la mesa un paquete de azúcar a medio consumir. Hasta Errejón, del que alguien comentó que ya se viste como los 'mayores', llevaba más arreglo que Iglesias: una chaqueta y unos pantalones ceñidos. Elegante y espigado aunque humilde y con los brazos cruzados y el compás de las piernas abierto, Errejón parecía un novillero.
Gestos de colegial
Iglesias llegó tieso como un torero cuando se plantó delante de la tribuna de fotógrafos, pero después se fue viniendo abajo, como si se hubiese puesto mustio pese al frío. En la sala de prensa hubo comentarios de todo tipo y, pese a que se rogaba silencio absoluto, sonaron carcajadas. A la prensa le entró la risa, por ejemplo, cuando Rajoy preguntó "¿que yo recorté qué?" y algunos se dieron palmetazos en el muslo como cuando la prensa americana vio al candidato George Dukakis montado en un tanque con un casco gris.
El presidente en funciones se los ganó en sus titubeos espontáneos, pero de lo que dijeron él y los demás en el debate, en el palacio de Congresos ya nadie se creía nada, como si casi todo fuera un eco lejano y las promesas las hubieran calentado en microondas. Pablo Iglesias tenía los ojos enrojecidos, casi apoyado en el atril, y él y el resto de sus compañeros dejaron de hacer sus gestillos de colegial durante las intervenciones de los demás, como si hubieran madurado de golpe, que es cosa improbable. En realidad, estaban agotados. Y quedan trece días de campaña.