La vieja guardia no comparte las armas de la nueva política

Exparlamentarios elegidos por León en las primeras legislaturas lamentan de los candidatos actuales la falta de capacidad de diálogo, el descrédito y la pérdida de ilusión y de valores.

Jaime Lobo fue senador por León entre 1989 y el año 2000. Considera que en la política actual «sobra personalismo y falta implicación personal».

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maría j. muñiz | león

«La política es el arte de saber negociar. Hoy son urgentes pactos globales sobre varios asuntos de interés nacional, pero no hay capacidad para lograrlos. Ni respeto, dentro de las diferencias. Impera el insulto, y eso impide llegar a ningún acuerdo». Quizá la falta de habilidades para dialogar y alcanzar pactos de Estado sea lo que los políticos veteranos echan más en falta en los dirigentes actuales. Una habilidad imprescindible si se quieren buscar soluciones a los problemas que afectan al país. Quienes gobernaron las instituciones hace años lamentan la actual falta de altura de miras, la capacidad de saber renunciar a algo para avanzar. Y la ilusión. Critican la pérdida de valores y el personalismo; o que prevalezcan los intereses personales y partidistas frente al objetivo del bien común. Coinciden en que la clase política ha perdido credibilidad y prestigio.

Lo cierto es que quienes fueron parlamentarios leoneses hace tiempo no son benévolos en sus valoraciones sobre los que ostentan los cargos actualmente o aspiran a ellos. Son conscientes de que la política ha cambiado. Lo han hecho los políticos, los medios, los formatos y también los votantes. Pero añoran valores y formas que marcaron otra forma de hacer en las altas instituciones del país. Reconocen también que, sobre todo en los primeros años de la democracia, no había un pasado que echarse a la cara, sino un futuro que construir y por el que luchar. Ven además el momento actual como trascendental para avanzar, pero ponen en evidencia su desilusión, que creen que comparte el conjunto de la ciudadanía. Y denuncian el cortoplacismo de las propuestas, al que empujan las actuales fórmulas de comunicación, en lugar de las campañas de «explicar y convencer» en las que creían entonces.

El panorama político ha cambiado sensiblemente en los últimos años. La pluralidad de partidos multiplica la competencia por convencer a un electorado cada vez más dividido, la estrategia es ahora captar a los indecisos, y tratar de conservar a un voto que antes era fiel. Una evolución que se puso especialmente de manifiesto en las elecciones de 2015 y 2016, que ha llevado por ejemplo a una profunda transformación del Congreso, donde casi un tercio de los parlamentarios pertenecen a formaciones políticas que hasta 2014 no estaban presentes en el debate nacional. En la cita actual se añaden nuevos actores. El voto se dispersa, y la pugna es mayor en circunscripciones como la leonesa, que en las últimas elecciones perdió un escaño en el Congreso. Le quedan sólo cuatro. Entre 1977 y 1986 contó con seis diputados, y ese año las fórmulas de cálculo de representación le restaron uno. En las últimas elecciones el declive demográfico le restó otro representante. A ellos hay que añadir otros cuatro para el Senado. Las fuerzas políticas luchan por uno de los ocho puestos que deberán defender los intereses de la provincia en las Cortes.

En total han sido 37 diputados y 42 senadores los que han llevado la voz de León al Parlamento en las doce legislaturas transcurridas, además de los que participaron en la Constituyente. A los que se unirán ahora otros ocho representantes de la provincia. Tienen ante sí el reto de contribuir a que las bancadas, además de oírse, sean capaces de escucharse para avanzar.

«La política ahora es absolutamente irreal, tercermundista, con todos esos vetos cruzados. En este campo hemos retrocedido, se defiende lo que interesa políticamente en lugar de tener altura de miras. En los primeros años de la democracia se hacían renuncias importantes por parte de todos para avanzar, se explicaba el por qué de los cambios y lo entendíamos. Era laborioso, pero permitía avanzar». Manuela García Murias es la primera parlamentaria leonesa, senadora por el PSOE en la segunda legislatura. Con apenas 20 años llegó al Ayuntamiento y luego pasó a la política nacional. «Las mujeres teníamos que demostrar todo entonces, pero no te ponían de adorno. Yo fui una privilegiada, con 21 años participé en el pleno del Senado en la ponencia sobre el Estatuto de Castilla y León».

García Murias defiende «la ilusión de los programas de entonces, queríamos cambiar España y sus pueblos. Ahora la campaña es muy light . Paso de estos debates del pim, pam, pum. No se habla de los pensionistas, sino del indulto. También en el PSOE, la campaña del buenismo no me convence». Y, por los viejos tiempos, la ex parlamentaria socialista asegura que «en un Gobierno de Alfonso Guerra nunca hubiera habido escarceos con el independentismo. Pero ahora es otro momento. A veces no lo entiendo. Quizá el problema de los socialistas es que comenzamos con un líder demasiado bueno (Felipe González), y el listón quedó demasiado alto». También defiende la urgente reforma del Senado. «No puede seguir desacreditándose a la Cámara Alta, allí hay mucho trabajo por hacer. No puede ser un cementerio de elefantes, sino una cámara de auténtica representación territorial».

Manuel Ángel Fernández Arias es uno de los seis diputados leoneses que formaron parte de la Legislatura constituyente, en 1977, y ocupó el cargo hasta 1982. Lo hizo por UCD. Señala también que la forma de hacer política «ha cambiado totalmente. En aquella época vivíamos los problemas, y los españoles estaban deseando que los políticos llegaran a los cargos, desde los ayuntamientos al Parlamento, para poder resolver sus problemas. Al Congreso se iba a legislar, a intentar que el país mejorara». Y para eso la capacidad de dialogar desde las diferencias ideológicas fue fundamental. Ponente en numerosas leyes sobre el ámbito laboral, recuerda especialmente las interminables jornadas de discusión entre los distintos grupos políticos para alumbrar el Estatuto de los Trabajadores. «Pero así pudo salir una ley viva, no una norma muerta».

Asegura que se lleva «las manos a la cabeza» cuando ve los insultos y las actuaciones «de cara a la galería». «El Parlamento es algo mucho más serio. Se ha perdido credibilidad. Y también los valores, cuando cae la ética cae todo». Fernández Arias se lamenta de que «ahora se atraviesen todas las líneas rojas. Antes hablábamos todos con todos, y más allá de las diferencias políticas nos llevábamos bien, porque nunca se faltaba al respeto».

Para Jaime Lobo, senador por León durante tres legislaturas, los políticos actuales «tienen menos peso que los de los primeros mandatos. Desde luego ahora ninguno tiene la talla de los constitucionalistas, pero es muy importante que todo lo que está gestándose ahora salga bien, de ello depende el futuro del país». Lobo no comparte el dominio «del marketing sobre la política, ahora todo está preparado, falta mucha espontaneidad». El político popular considera también que en los últimos años «ha cambiado mucho la implicación personal de los electos, ahora es mucho menor. Antes vivías preocupado por transmitir todo lo que se estaba haciendo, en qué avanzábamos. Ahora están sobre todo pendientes de sí mismos». Y eso tiene su implicación también a la hora de negociar, porque impide llegar a acuerdos «que son muy necesarios. Por eso no se logran pactos de Estado, porque todos están mirando a la galería, más preocupados por lo suyo que por estos necesarios acuerdos. Creo que lo que sobra hoy, sobre todo, son personalismos».

María Dolores Otero muestra su preocupación por la situación actual y «sobre todo por el futuro que dejamos a nuestros hijos, nietos y en mi caso ya a mis tres biznietos». Con una larga trayectoria municipal, fue también senadora de la coalición popular por León en la tercera legislatura. «Estuve 22 años en cargos políticos, pero de ellos sólo coticé 7. Al principio no se cobraba. Todo era ilusión por trabajar, estábamos empezando una nueva etapa y eso nos daba un aliento enorme». Del momento actual le duele especialmente la corrupción. «Y eso no va a ser fácil de eliminar, el dinero fácil es tentador».

Clara en sus convicciones políticas, critica que los partidos «no hayan sabido encauzar la situación, que nos hayan llevado a un enfrentamiento, cada vez más violento. Me preocupa porque yo soy una niña de la guerra». Así que su esperanza es que «al fin haya llegado la derecha de verdad, que no la había hasta ahora». Lamenta el continuo cambio de siglas de la formación popular, que «ha dado lugar sobre todo a confusión». Y advierte de que «el centro no existe. Murió con la desaparición de la UCD. Decir que se es de centro derecha es ir adelante dejando un pie atrás, para poder dar la vuelta. Necesitamos una derecha valiente y decidida».

Recuerda a «Suárez, Aznar o Fraga, gente con empuje e ilusión. Ahora ves el debate entre los líderes actuales y se les ve tan flojos...». De su larga e intensa andadura política guarda con cariño «el orgullo de haber sido la primera mujer desde doña Urraca que defendió al Ayuntamiento en las Cabezadas». Y de su esfuerzo. «Trabajé como una bruta».

En aquella legislatura Otero compartió bancada en el Senado con el socialista Maximino Barthe. «Los que empezamos en la política en los años 70 participábamos en muchos actos, y los políticos teníamos entonces mucho prestigio, se nos veía como a alguien capaz de aportar soluciones. Ahora ser político se ve a veces como un problema, se ha pasado del orgullo de serlo al apuro de decir que militas». Reconoce que eran otros tiempos para el debate. «Estábamos empezando, no teníamos referencia para el ‘y tú más’. Transmitíamos lo que queríamos hacer, ideas positivas, programa. Había que aprovechar el momento, no nos dedicábamos a criticar a los demás. Ahora ocurre todo lo contrario, no se explica lo que se hace, no se convence a la sociedad».

Barthe echa de menos también la política como «el arte de negociar. No pueden llegar a acuerdos porque se torpedean entre ellos. Necesitamos hacer pactos de Estado, pero ¿hay ahora capacidad para alcanzar pactos como el de La Moncloa? Desde el insulto es imposible negociar. Se ha perdido el respeto que imperaba antes». El modelo actual obliga también a «la precipitación, lo inmediato. Y así es muy difícil tener un criterio estable».

El político socialista muestra su rechazo también a «intentar convencer a la población de que todo es posible, porque no es verdad. Hay que tener los pies en la tierra, no todo es posible. Defendemos el Estado del bienestar, pero no es gratis, todos tenemos que hacer algún esfuerzo por conseguirlo». Igual que es necesario el empeño en buscar las herramientas de la gobernabilidad. «Las urnas son las que mandan, y te dicen cómo tienes que negociar. Si deciden que deben mandar PSOE y Ciudadanos es necesario poder hacerlo. El pueblo te ha dado un mandato y tienes que cumplir».

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Parece claro que lo que más se echa de menos en el escenario político actual, visto desde los valores de la transición, es el diálogo como forma de resolver los desafíos a los que se enfrenta el país. Que vivimos envueltos en el concepto de democracia que definió Borges: «El abuso de la estadística». Y que los parlamentarios actuales no tienen cintura suficiente para hacer del pacto y la coalición una forma de avanzar. La desafección es un sentimiento peligrosamente generalizado entre la ciudadanía hacia la clase gobernante. Pero se corre un peligro sobre el que hace ya tiempo advirtió Toynbee: «El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan».