Sánchez descoloca a sus eventuales socios por la ausencia de guiños a sus propuestas
El presidente en funciones ofrece un programa de Gobierno centrado solo en sus propias promesas electorales.

Si Pedro Sánchez tuviera mayoría absoluta y pensara formar un Gobierno ‘monocolor’ del PSOE habría hecho exactamente el discurso que planteó ayer al Congreso desde la tribuna de oradores. Es la sensación con la que salieron del Hemiciclo los grupos con los que supuestamente pretende superar este jueves la investidura el presidente del Gobierno en funciones, después de oírle exponer durante dos horas (de 12.00 a 14.00) su programa para la próxima legislatura. Fue una intervención densa. «130 propuestas: 12 pactos de Estado, tres reformas constitucionales, 25 leyes y 90 medidas de otra naturaleza», según resumió el gabinete de comunicación socialista. Pero, en toda esa retahíla fue imposible encontrar guiños específicos a Unidas Podemos y tampoco hubo una mención directa al problema de Cataluña.
Las ausencias fueron tan llamativas, que ni siquiera quienes, como el PNV, Esquerra o Compromís, han dejado claro que no tienen intención de obstaculizar la formación de Gobierno pudieron abstraerse de ello y afearon a Sánchez su comportamiento. Si el número tres de Podemos, Rafael Mayoral, resumió en un tuit su enfado –«solo tenemos dos mejillas», escribió-, los aliados colaterales reclamaron al presidente en funciones que asuma que solo tiene 123 diputados.
«Debería haberse centrado en algunos temas concretos que pudieran salir adelante y trenzar complicidades con otros grupos», advirtió el portavoz de los nacionalistas vascos, Aitor Esteban. El de Esquerra, Gabriel Rufián, criticó incluso por «irresponsable y negligente» al líder socialista y el de Compromís, Joan Baldoví, ironizó con la idea de que lo leído por Sánchez se corresponda con un texto elaborado el viernes antes de saber del paso al lado de Pablo Iglesias que, supuestamente, sirvió para desbloquear las negociaciones.
El líder del PSOE hizo especial hincapié, sí, en propuestas de tinte social y progresista que, en algunos casos, coinciden con las prioridades de la formación izquierdista, pero se limitó a plantearlas en los términos en los que aparecen en su propio programa para las elecciones del 28 de abril y en ningún caso llegó tan lejos como pretenden sus eventuales compañeros de coalición.
Habló de un nuevo Estatuto de los Trabajadores y de derogar «los aspectos más lesivos» de la reforma laboral del PP, pero no de acabar con toda ella; aseguró que su intención es que, al acabar la legislatura, el Salario Mínimo Interprofesional sea equivalente al 60% de la renta media en España, pero no se comprometió a alcanzar los 1.200 euros que exige en estos momentos Podemos; propuso una ley estatal de vivienda para frenar el alza del alquiler, pero no abrió la puerta a regular los precios en las zonas tensionadas, y defendió un ingreso mínimo vital para hacer frente a la pobreza infantil, pero no la renta básica que propugna el partido de Iglesias.
Sánchez puso también sobre la mesa tres reformas constitucionales: la del artículo 99, que regula la investidura; la de los aforamientos de los políticos, que quedó pendiente en la pasada legislatura, y otra, también planteada el curso pasado, para eliminar el término «disminuido» relativo a las personas sin discapacidad. Sin embargo, no recuperó su promesa de blindar constitucionalmente las pensiones. Y la insistencia en modificar el modelo de elección del presidente del Gobierno no cayó precisamente bien en Podemos, entre otras cosas, porque a lo que podría conducir es a que, en un escenario como el actual, el líder de la primera fuerza no tuviera necesidad de pactar para acceder a la Moncloa.
En resumidas cuentas, la impresión que dejó el jefe del Gobierno en funciones fue, una vez más, la de que asume que por ser el suyo el partido más votado tiene derecho a gobernar y desarrollar su proyecto sin necesidad de cesión alguna. Sacó lustre a las banderas que se disputa con el resto de la izquierda -el feminismo, el ecologismo, la memoria histórica, la redistribución de la riqueza…- como si sus propuestas no pudieran ser mejoradas. Y describió su modelo como el único posible. «Para construir esa España pido la confianza de la Cámara, no en mí -llegó a decir- sino en la sociedad española».
Al borde de la ruptura
Pedro Sánchez comprobó en persona que solo tiene un camino para la investidura, el pacto con Pablo Iglesias, y es de espinas. Pero el candidato socialista no mostró el menor entusiasmo por el gobierno de coalición y el líder de Unidas Podemos avisó que hay acuerdo para cogobernar o nada. El choque se veía venir por el cortejo previo del aspirante a PP y Ciudadanos para arrancarles una abstención. Aquello era un desaire en toda regla al socio preferente, sobre todo porque los equipos negociadores de ambas formaciones se encuentran en plena tarea de acercamiento. Es el riesgo de jugar con dos barajas.
En su intervención matutina, Sánchez pasó casi de largo de Unidas Podemos y las negociaciones para el gobierno de coalición, como si tuviera atragantada esa vía para la investidura. En su cara a cara con Iglesias, el candidato socialista concedió que estaba dispuesto a «correr el riesgo» de cogobernar con los morados, pero con sus reglas, y agradeció a Iglesias «la decisión difícil» de renunciar a la silla en el Consejo de Ministros.
Pero dicho esto, dejó entrever que si acepta esa fórmula será con la nariz tapada. Es más, aventuró, si no hay acuerdo para la coalición, «en los términos que ustedes la plantean», objetivo ahora lejano tanto por los nombres como por los cargos, hay otras formas de colaboración como los pactos de investidura o de legislatura. La coalición, subrayó, no es la única forma de entenderse.
Fue la gota que colmó el vaso e indignó al líder de Unidas Podemos. Tanto reparo y tanta oferta alternativa hace pensar que «usted no quiere un gobierno de coalición» porque, acusó Iglesias, el que está de acuerdo «no ofrece un papel decorativo» a un aliado con 3,7 millones de votos. Más bien parece, prosiguió, que ahora se saca de la chistera «otra excusa» como antes puso la de su paso al costado. «No nos vamos a dejar pisotear y humillar», avisó ya con la tensión en el hemiciclo por las nubes.
Iglesias destripó buena parte de la negociación con el PSOE ante los 346 diputados del Congreso. Enumeró cesiones por doquier y advirtió de que no iban a conceder ni una más.