OPINIÓN Fernando Jáuregui

Demasiados retos para otoño

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León

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Este mes está resultando informativamente fértil. Son muchas las cuestiones que se están planteando de cara a un otoño potencialmente tórrido: los desafíos sindicales, los intentos de movilización del PSOE contra la Ley de Calidad de la Enseñanza, el «ultimátum» del lendakari para concluir una treintena de traspasos... Y, sin embargo, tengo para mí que ningún ministro se halla frente a retos tan importantes como los que deberá afrontar la más novata políticamente del equipo Aznar. Es decir, la titular de Exteriores, Ana Palacio. Debo confesar que me gusta el estilo de la ministra. Peculiar estilo, si atiende usted a su vestimenta, estilo tranquilo y sincero, si miramos a cuestiones más importantes. Ha dicho algunas cosas fuera de lugar, sin duda para responder a barbaridades mucho mayores lanzadas por su colega marroquí, Benaisa, pero no le ha importado rectificar, cosa que, por ejemplo, el jefe de la diplomacia de Marruecos no hace ni loco. Y tiene enfrente, claro, la cuestión de Gibraltar. Lo de Gibraltar ya no da para más, y resultan patéticos los esfuerzos de Londres para aparentar que hay avances donde no los hay. Engañaron, desde el Foreign Office, a Piqué, que se pasó meses diciendo que habría «logrosos sustanciales antes del verano» en la cuestión del Peñón. Como esos logros no sean la venida de Tony Blair para asistir a la boda de la hija de los Aznar, la verdad es que no acabo de ver dónde están los progresos. Peor: Caruana va a convocar un referéndum, que no tiene validez alguna excepto para mostrar al mundo que los gibraltareños no quieren tener nada que ver con España. Todo eso le va a caer encima a una Ana Palacio que aún no ha reorganizado del todo su Ministerio, lleno de rémoras y de anticuallas, pero también de diplomáticos muy capaces y dedicados, y que ha dado muestras de enorme coraje en otras facetas de su vida. Es más: Palacio se va a mover en una soledad que no padeció su antecesor, porque, entonces, las prioridades de Aznar eran exteriores, y el presidente era de hecho el auténtico jefe de la diplomacia. Ahora, Aznar tendrá que mirar hacia el interior, pacificar el PP, que va dando excesivas muestras de la existencia de baronías, y olvidarse de la siempre más gratificante política exterior. Para el presidente, se acabaron los pies sobre la mesa junto a Bush y comienza la era de atarse los machos. Para Ana Palacio, se inicia una etapa en la que habrá de consolidar esa presencia española en el mundo: sin ir más lejos, en octubre España será miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, ese Consejo que habrá de tomar decisiones sobre el Sahara. Ya digo: es el momento de ser una voz importante en Europa, jugar un papel en eso que se llama el concierto de las naciones. Nada menos.

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