Diario de León

OPINIÓN Fernando Jáuregui

Las bombas y los huevos

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León

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Las buenas gentes de este país llamado España se abandonaban al relajo de las vacaciones. Era el primer domingo de agosto. Iba a resultar un día sangriento. Con apenas unas horas de diferencia. Batasuna lanzaba huevos en Vitoria al alcalde que legítimamente, y en función de su cargo, inauguraba las fiestas de la ciudad. Luego, ETA mataba en Santa Pola a una niña, hija de un Guardia Civil, que cantaba junto a su madre. La misma bomba mató también a un hombre que simplemente estaba ahí, pasaba por ahí: veraneaba. ¿Qué relación tienen los dos hechos, los huevos y la metralla? Aparentemente, ninguna. En el fondo, mucha. Demasiada. ETA no es más que el extremo más aberrante del desastre social que se ha venido propiciando en Euskadi. Da igual que avise o -como en este último caso- no lo haga cuando coloca una bomba: siempre se trata de matar. A una niña, a un transeúnte, a un guardia civil, a un periodista. O matar a la libertad de expresión, al derecho a soñar una vida en paz donde todos se expresen como quieran, donde el alcalde elegido mayoritariamente por los vecinos pueda lanzar, sin que tenga que ser protegido por los escudos de la policía, el «txupinazo» de las fiestas. O se trata de matar el valor de no pagar esa «contribución voluntaria» que se exige a tenderos y taberneros, o el coraje de no cooperar a la extensión del terror aceptando el chantaje revolucionario. Batasuna tira los huevos para silenciar el bando del alcalde. Luego, ETA pone la metralla y las balas que silencian definitivamente a las personas. Se trata de lograr un fin idéntico: que en el País Vasco impere el silencio. Ese silencio pesado, ominoso, que es el derivado del miedo. ¿Ven como sí hay relación entre unas cosas y otras? Son lo mismo. Ya no puede discutirse más si la coalición proetarra, la que tira huevos, debe o no ser ilegalizada de una vez por todas. Claro que debe estar fuera de la ley; no por los huevos, sino porque estos son los precursores de la metralla que siempre viene después. No por los huevos, sino por el fuero, ya no puede quedar impune ni un crimen más de la banda loca que siembre el terror... ni de los fanáticos que la apoyan rompiendo cajeros automáticos, amenazando a comerciantes o tirando huevos a los alcaldes, aguando, como siempre, todas las fiestas.

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