Sombreritos azules y un sol despiadado

El líder del PP sale literalmente por la puerta grande tras un discurso demasiado largo

Mañueco, López Miras, Díaz Ayuso, Juanma Moreno, Nuñez Feijóo y Vivas, en Valencia. MANUEL BRUQUE

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León

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Salió Pablo Casado y dijo que le daba reparo soltar un discurso porque hacía mucho sol, veía a la gente con abanicos e incluso a un simpatizante le había dado un golpe de calor. Eso dijo, pero luego se le olvidó y habló durante más de una hora. Los organizadores habían sido precavidos. A la entrada de la plaza unos voluntarios estaban repartiendo unos coquetos sombreritos azules, modelo Chicago años 30. Cuando Casado empezó a hablar, uno miraba al tendido y tenía la sensación de asistir a una convención de imitadores de Edward G. Robinson. También regalaban pulseras con la bandera de España e incluso mochilas de color naranja, pero esas prendas tan vistosas y patrióticas resultaban menos eficaces a la hora de la supervivencia.

Lo malo de hablar mucho con el sol sacando brillo a las calvas es que corres el riesgo de que los teloneros sean más aplaudidos que tú. Salió el primer ministro griego, al que llamaron consecutivamente Mitokasis, Mitkokakis y Mitsotakis, habló en inglés y se llevó una ovación sonora porque los asistentes tenían ganas de juerga y hacía tiempo que el discjockey no pinchaba nada marchoso. Bastante peor le fue al pobre canciller austriaco, Sebastian Kurz, que no pudo venir y mandó un vídeo. El hombre hablaba en alemán, no entraron los subtítulos y el público se quedó como anonadado, escuchando a un tipo acumular con entusiasmo palabras de veinticuatro consonantes. Para colmo, cuando atinaron con los subtítulos, se dieron cuenta de que aquello ya no iba a ninguna parte y cortaron el vídeo expeditivamente, dejando al amigo Sebastian con las diéresis en la boca.

Hacía las diez y media de la mañana no cabía ya un alfiler y había cánticos, aplausos y gente haciendo la ola. El Pulpo, discjockey habitual en los fiestorros del PP, llevaba puesto un inexplicable gorrito con orejas de Shrek y pinchaba canciones con el propósito de contentar a todas las edades. Hubo su ratito maquinero, su poquito de electrolatino, su toquecito de pasodobles y el destierro definitivo del himno del PP. Ayer no sonó.

Hubiera sido hermoso que Casado hubiera salido a hombros, vestido de luces, después de haber dado muerte en el ruedo al toro Comunista, pero en este caso solo se trató de una lidia retórica que, además, se alargó demasiado. Los críticos taurinos dirían que el Niño de Palencia recibió dos avisos y no remató la faena con la espada, pero los aficionados estaban exultantes y lo aclamaban como si hubiera cortado dos orejas, el rabo y alguna pata. Como colofón, sonó el himno de España.

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