El independentismo exhibe sus grietas

El boicot al homenaje a las víctimas del 17-A muestra la lucha por el poder tras el fiasco del 1-O

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León

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«Tras el colapso del ‘procés’ en 2017 la autoridad moral y la legitimidad que había ganado el independentismo, al atraer a clases medias, profesionales y a personas muy sensatas, se ha difuminado del todo. Han dilapidado su capital político a fuerza de despropósitos y disparates». El diagnóstico parte de un ex alto cargo del soberanismo catalán que vivió en primera persona el 1 de octubre y que contempla, entre incrédulo y desolado, el deterioro galopante de un espacio político que, si se mide en términos estrictamente porcentuales, ha tocado fondo según datos del CEO de la Generalitat, el equivalente catalán del CIS. El apoyo a la independencia ha caído a mínimos —un 41% según el último barómetro—, un descenso de tres puntos respecto al sondeo anterior, difundido en abril. En esos cuatro meses, los catalanes que rechazan nítidamente la secesión han escalado desde el 48% al 52%.

Es muy probable que la gradual desafección hacia los postulados independentistas, mayoritarios en los tiempos álgidos del desafío rupturista al Estado, guarde relación proporcional con el «triste espectáculo» que el soberanismo más radical, identificado con el expresidente Carles Puigdemont, la destituida presidenta del Parlament Laura Borràs y sus satélites, está ofreciendo. Especialmente desde julio, cuando el Tribunal Superior de Justicia decretó la apertura de juicio oral contra la también presidenta de Junts por un caso de presunta corrupción y fraccionamiento fraudulento de contratos públicos, una circunstancia que obligaba a la Cámara catalana, de acuerdo a su propio reglamento, a suspender a la que el independentismo más ortodoxo ya ha encumbrado como su nueva mártir.

En un microcosmos donde cualquiera es susceptible de ser tachado de ‘botifler’ (traidor a la causa), era de esperar que el rechazo de ERC y la CUP a blindar a Borràs ahondara la división ya endémica en el secesionismo catalán. La suspensión de la alumna más aventajada de Puigdemont por presuntamente beneficiar a un amigo cuando presidía la Institució de las Lletres Catalanes ha actuado como detonante de un magma explosivo que, obviamente, ya burbujeaba desde hace tiempo, caldeado por la descarnada lucha por el poder entre las distintas facciones del independentismo. Y la erupción ha venido a escenificarse en el momento más inoportuno y más sangrante, el homenaje en La Rambla a las víctimas de los atentados yihadistas de 2017.

El tópico de la imagen que vale más que mil palabras se ha hecho realidad, en este caso la de la madre llegada desde Australia para recordar a su hijo asesinado, abrazada a su foto, mientras un grupo de exaltados vociferaba y daba pábulo a las teorías conspiratorias sobre la supuesta implicación del CNI en la matanza que el propio entorno de Borràs y Puigdemont venía alentando.

La olla a presión estalló. No respetaron ni el minuto de silencio y a la expresidenta del Parlament no le dolieron prendas en ir, solícita, a saludarles. Una cerilla en un bidón de gasolina —aunque Borràs haya intentado justificarse después— que ha servido para que el soberanismo exhiba su implosión interna.

«La tensión acumulada entre ERC y Junts no es nueva, pero ahora está en máximos. Y además se ha extendido internamente a Junts y no tiene visos de reconducirse, porque Borràs está muy cómoda en ese papel», diagnostican en sectores del catalanismo, perplejos ante la «deriva agónica» del mundo posconvergente, incapaz de encontrar su rumbo tras el fiasco del 1-O.

De hecho, la última salida de pata de banco de Borràs ha agitado las aguas internas del partido que Puigdemont controla desde Waterloo. Llueve sobre mojado en una formación con un sólido poder municipal pero construida con retales radicalmente heterogéneos del post pujolismo y por lo tanto muy difícil de cohesionar y asentar. Las tensiones ya se llevaron por delante el liderazgo de Jordi Sànchez y el desgaste emocional forzó el adiós de Elsa Artadi, eterna aspirante al trono independentista. En esas circunstancias, el afán de «protagonismo» de Borràs amenaza con colmar la paciencia de sus correligionarios.

Su gestión del ‘caso Juvillà’ —en el que denunció injerencias de los «poderes del Estado» pero no impidió la retirada del escaño al diputado de la CUP por desobediencia—, el incidente de su mano derecha, Francesc de Dalmases, en TV3, donde el diputado abroncó a una periodista por el tono de una entrevista a Borràs y su resistencia a ser sustituida al frente del Parlament la han colocado en el ojo del huracán.

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La gran pregunta ahora es si Jordi Turull, con quien cohabita en el liderazgo de Junts, hará caso a quienes le piden que ponga orden y dé aire a figuras más moderadas como el vicepresidente de Aragonès, Jordi Puigneró, el conseller de Economía Jaume Giró, el presidente del puerto de Barcelona Damià Calvet o Xavier Trias, que podría revolucionar la contienda por la alcaldía de Barcelona si se confirma su candidatura. «Si estos perfiles consiguen salir adelante las cosas pueden cambiar. La gente de Junts está harta, se avergüenza en privado, pero no lo dicen en público. Saben que están en un viaje a ninguna parte», opinan unos. «Borràs y Turull están condenados a convivir», discrepan otros, que no descartan que Borrás y sus fieles en el Parlamento catalán puedan desmarcarse de la disciplina de grupo en próximas votaciones para comprometer la estabilidad del Govern.