«Cuando asomó la cabeza de Ortega Lara, el silencio fue absoluto»

Treinta años después del secuestro, la imagen sigue intacta en la memoria de quienes le liberaron

Imagen de José Ortega Lara y su mujer.ederico vélez

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Agencias
Madrid

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Cuando José Antonio Ortega Lara emergió del zulo oculto bajo una nave industrial de Arrasate, tras 532 días de cautiverio, el tiempo pareció detenerse. «Fue un vuelco brutal en el corazón», recuerda el coronel de la Guardia Civil Francisco Vázquez, uno de los responsables de la investigación que culminó con su rescate el 1 de julio de 1997. Aquel silencio, cargado de incredulidad y congoja, cerraba año y medio de trabajo obsesivo, de meses de pistas falsas, vigilancias extremas y una presión constante: la certeza de que, si no llegaban a tiempo, Ortega Lara moriría. El funcionario de prisiones fue secuestrado el 17 de enero de 1996 en Burgos, cuando regresaba a su domicilio tras trabajar en la cárcel de Logroño. Dos miembros de ETA le abordaron por la espalda en el garaje, le amenazaron con una pistola y lo introdujeron maniatado en el maletero de su propio coche. De allí fue trasladado a un camión y encerrado en una máquina industrial modificada por la banda terrorista: un conversor metálico preparado como un sarcófago, con un tubo para respirar.

Parado por la Guardia Civil

Dentro de aquel ataúd recorrió 150 kilómetros hasta Mondragón. El nivel de preparación era tal que, durante el trayecto, una patrulla de la Guardia Civil detuvo el camión en un control rutinario a la salida de Burgos. La documentación estaba en regla y el vehículo continuó su camino. Aún no se había denunciado el secuestro. En la nave industrial de Arrasate, ETA había construido un zulo subterráneo de apenas tres metros de largo, 2,5 de ancho y 1,80 de alto. Allí pasó Ortega Lara casi año y medio. Nada más llegar, los terroristas le informaron de quiénes eran. Le retiraron la ropa, le entregaron otra y solo le permitieron conservar la alianza.

El punto de inflexión

Entre papeles incautados a ETA apareció una referencia enigmática: «BOL 5K». Aquella clave, aparentemente banal, desencadenó un trabajo analítico exhaustivo de nombres, lugares y relaciones que terminó señalando a Josu Uribetxeberria Bolinaga. Se activó entonces la operación «Pulpo». Los investigadores centraron su atención en Arrasate. Vigilaron durante meses la actividad de Bolinaga y su entorno, conscientes de que cualquier error podía provocar el asesinato del secuestrado o su abandono en el zulo.

Detectaron una nave con actividad comercial real, pero con comportamientos extraños: entradas y salidas irregulares, transporte de comida pese a comer fuera, pernoctas ocasionales en el interior. Agentes de la Guardia Civil permanecían ocultos durante más de 24 horas en oquedades excavadas bajo el césped frente a la nave, entrando de madrugada para no ser vistos por los vecinos que paseaban o sacaban a sus perros. Con los indicios acumulados, se decidió explotar la operación. La madrugada del 1 de julio de 1997, hasta 300 guardias civiles participaron en un dispositivo simultáneo que incluía registros domiciliarios y la entrada en la fábrica, bajo la supervisión judicial del juez Baltasar Garzón. El registro fue largo, tenso y frustrante. Lejos de rendirse, los agentes decidieron sectorizar el edificio y desmontar máquina por máquina. Justo cuando se preparaban para iniciar ese registro exhaustivo, un miembro de la Unidad de Intervención forzó uno de los brazos articulados anclados al suelo. Al levantarlo, apareció una trampilla circular de apenas medio metro de diámetro. En ese instante, Bolinaga se derrumbó. Tras horas de silencio, explicó el sistema de apertura, basado en una secuencia de interruptores que ya había quedado inutilizada al forzar la estructura. Hubo que abrir el acceso por la fuerza hasta dejar un hueco suficiente. Un agente descendió primero. Confirmó lo impensable: Ortega Lara estaba vivo.

Terroristas disfrazados

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Cuando asomó la cabeza por el cilindro, el secuestrado creyó que se trataba de terroristas disfrazados. Suplicaba que lo mataran. Estaba desorientado, física y mentalmente devastado. Solo tras unos minutos logró convencerse y salir. Había perdido 23 kilos, masa muscular y densidad ósea. El interior del zulo dejó una huella imborrable en quienes entraron después: humedad, moho, claustrofobia, un hedor mezcla de orín y sudor que se quedaba adherido a la garganta. Aquel olor, recuerda Vázquez, lo acompañó durante días. Tras el impacto inicial, la tensión acumulada durante meses estalló en abrazos. Habían ganado una carrera contra el tiempo y contra el horror. También tomaron conciencia de hasta dónde había llegado la deshumanización de los secuestradores: Bolinaga sabía que, si el registro se cerraba sin hallazgos, Ortega Lara habría muerto allí abajo sin que nadie lo supiera.

El interior del zulo dejó una huella imborrable: humedad, moho, claustrofobia y un terrible hedor mezcla de orín y sudor