Intrigante, reservado, audaz... la inclasificable personalidad del ‘pana’ Zapatero
El auto de imputación del juez Calama ha permitido una vez más a José Luis Rodríguez Zapatero mostrar una frialdad política inmune al desgaste, construida sobre el autocontrol y la resistencia emocional

José Luis Rodríguez Zapatero en el año 2005 durante un partido entre el Real Madrid y el Pekín Guam.
Más allá de las comisiones rogatorias, aquí han intervenido agencias de información norteamericanas». Quien así habla sobre el auto del juez Calama añade que el magistrado tiene mucha información y presagia un desenlace trágico del caso que tiene en estado de shock al PSOE. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?
José Luis Rodríguez Zapatero pertenece a una clase de dirigentes que modifican el clima político de un país. «Puede gustar o no, pero alteró profundamente la conversación española sobre identidad, memoria, derechos y poder», destaca uno de los pocos que ha querido hablar. Y es que el silencio se ha adueñado de la ciudad. Los que le conocen no quieren decir nada, los que le conocieron prefieren no mirar atrás y los que saben... «Mire, el partido ya no es más que un grupo de fans que vive de sentimientos primarios», destaca el que fuera presidente del Principado, Juan Luis Vigil, un hombre de fuertes convicciones morales para quien esto es el final de la escapada. «Han roto todas las costuras del PSOE», lamenta. La lectura del auto constata varias líneas indiciarias a través de las cuales podría aventurarse la estrategia procesal. Para empezar, el expresidente es calificado como el presunto núcleo decisor y estratégico de una estructura criminal organizada. Para José Luis Calama, Zapatero estaría en el vértice de la organización, con un liderazgo efectivo y estratégico sobre una red diseñada para el ejercicio ilícito de influencias y el blanqueo de capitales. La documentación le propone como instigador de estructuras internacionales —responsable de la constitución de sociedades offshore en Dubái— con el fin de ocultar el cobro de comisiones y evitar la trazabilidad de los fondos en España.
«Nuestro pana Zapatero», «tocayo», «ZP», «el amigo» o simplemente «Z». Un inciso. En Venezuela, pana se utiliza como amigo, compañero, compadre. Nuestro hombre en Caracas, podría ser el título si se hiciera la lectura comparada con la obra de Graham Greene. Y es que Jim Wormold es el alterego de una red en la que solo hay una cosa clara: José Luis Rodríguez Zapatero nunca ha sido un vendedor de aspiradoras. De hecho, el auto desliza que la supuesta trama puso en marcha una estrategia de ocultación con el fin de evitar la vinculación directa y pública del investigado con las actividades ilícitas. El «pana» habría interpretado un papel secundario para no comprometer su posición institucional.
Zapatero es una rara avis en la política española. Camaleónico como pocos, cualquiera puede decir una cosa y la contraria sobre él en la misma frase. Quienes le conocen bien coinciden en que desde muy joven le gustaba captar el plano principal, «pero sin que se notase demasiado». Y es que su gran habilidad siempre consistió en comprender antes que otros los cambios emocionales de la sociedad española. «¿Sabe el cuento de Monterroso? Pues en su caso podría cambiarse por Cuando todos despiertan, él sigue ahí. Así ha acabado siempre el relato en todas sus historias», dice un compañero. «Entiende cuándo aparecer y cuándo desaparecer, cuándo hablar y cuándo guardar silencio. Sabes cuándo interviene directamente y siempre lo hace entre bastidores». Puede que sea por esa razón que todos los consultados confían en su inocencia. «A José Luis nunca le interesó el dinero», dice uno de ellos, que, sin embargo, no sabe contestar la razón por la que decidió dejar su cargo en el Consejo de Estado para iniciar una segunda vida basada en la mediación, la interlocución y la influencia indirecta.
Daniel García, senador y líder de Unidad Socialista en los años posteriores a la transición, abandonó las trincheras de los críticos en 1991 para apoyar a Zapatero. Hoy, sin embargo, habla para pedir perdón por haberle aupado al poder: «Expulsó a los los once concejales socialistas que ganaron las elecciones municipales de 1983, incluidos cuatro — Gregorio Ochagavía, Ulpiano Castro, Alberto Rodríguez y José Fernández— que fueron presos en San Marcos y de los que nadie se acuerda». García cree que todo el halo con el que se ha revestido es «una mentira». «José Luis no es de izquierdas ni de derechas; es una mala persona». García cuenta entre las víctimas del expresidente a José Antonio Morete — «Cuando le vi detrás del féretro, le pregunté si el efecto iba detrás de la causa o la causa detrás del efecto porque llevaba varios meses haciéndole la vida imposible y acababa de firmar la expulsión», dice. Asimismo, le imputa la desaparición del sindicalismo agrario progresista que representaba la Unión de Campesinos Leoneses en favor de Matías Llorente.

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Su papel como defensor de Pedro Sánchez le revistió de un aura cautivadora para la izquierda —«Es la auténtica estrella en cualquier mítin político», decían no hace mucho sus seguidores— mientras que para la derecha es el demiurgo de la estrategia del Gobierno para afianzarse en el poder. Su ascendente sobre el presidente es un hecho desde que irrumpió en las televisiones y en los mítines para espolear a los votantes socialistas, para animarlos en medio de la atmósfera de desánimo provocada por la victoria del PP en las elecciones autonómicas. Sin embargo, no es el mismo Zapatero que ocupó la presidencia. De hecho, su semántica ha cambiado, igual que lo ha hecho el estilo con el que arenga a los votantes. Las palabras que más repite ahora son «ataques», «acoso», «bulos» y «radicales» para referirse a la oposición, mientras que los discursos sobre el presidente siempre se acompañan de ideas como parlamento, leyes, instituciones o democracia en una estrategia que busca presentar a Sánchez como garante del orden democrático frente a un PP disruptivo. Ahora, el agitpro puede convertirse en un bumerang contra el Gobierno de Sánchez.
El exministro José Luis Corcuera explicaba la dualidad del expresidente y cómo ha influido en el acontecer de España: «Zapatero tiene dos abuelos: uno, el que lo crió y otro que fue muerto porque permaneció fiel a la República y es del que le gusta hablar. Ese abuelo que no conoció estuvo a las órdenes de la República cuando reprimió el levantamiento de Asturias a las órdenes de Franco. Le podía haber matado un minero y, entonces, nos habríamos quedado sin héroe», dice con ironía. Corcuera mira hacia los años treinta del siglo pasado para explicar el secuestro del Estado por parte del independentismo catalán que hoy vive el país y del que hace responsable a Zapatero. Recuerda que el propio Manuel Azaña en 1932 llevó al Parlamento como presidente del Gobierno un proyecto de Estatuto de Autonomía para Cataluña. «El debate que hubo entre Ortega y Gasset — «Debemos renunciar a curar lo incurable»— y Manuel Azaña — ««Nuestro deber es resolver el problema catalán»— debería ser de obligada lectura en los institutos porque se dijeron cosas trascendentales para la historia de España. Al final de sus días, Azaña dejó por escrito la decepción y el error que había cometido y los efectos perversos que había tenido. Pues llega Zapatero y quiere cambiar la historia y no se le ocurre otra cosa que decir en Barcelona que asumirá el Estatuto que salga del parlamento catalán». El exministro considera que esa «receta milagrosa», que el propio Tribunal Constitucional desautorizó en 14 de sus artículos, es la razón de la crisis que vive España en la actualidad. Su figura se convierte así para el otrora ministro de Interior en símbolo del enfrentamiento de las «dos Españas», un catalizador de emociones colectivas que va más allá de su propia persona. Todos los que hablan sobre él coinciden en su capacidad de permanecer inalterable. Ni siquiera se pone nervioso ante situaciones adversas. «Cualquiera que haya trabajado con él le dirá lo mismo —dice uno de sus colaboradores—, que su trato es afable, y su capacidad de escucha le hace ganarse la confianza de los demás». Su propio padre, en un artículo para El Faro de Vigo en el año 2008 destacaba su tranquilidad y frialdad. «No se impresiona fácilmente, sino que tiene gran temple para encajar las cosas aunque sean de fuertes sensaciones. Nunca le he visto enfadado. Nunca discute. Tiene gran energía y temple». Esta capacidad permaneció incluso en la declaración que realizó el martes tras conocerse su imputación y mantuvo un tono pausado y casi académico con el fin de transmitir serenidad, seguridad y sensación de superioridad institucional. Un contrincante político de la época del Pacto por León lo califica de la siguiente manera: «Aplica la lógica del cálculo y la paciencia y evita el enfrentamiento directo». De hecho, el expresidente tiene entre sus mayores aficiones el ajedrez. En una edición del Magistral, aseguraba que de todos los juegos que ingenia la razón humana para pensar, a la vez que se engaña al tiempo, probablemente el ajedrez sea el que mayor profundidad y rigor intelectual permite asumir a quienes lo practican. «Si jugáramos más al ajedrez, cometeríamos menos errores en la vida». Estas dotes de estratega las ilustra Mario Amilivia, presidente del Consejo de Cuentas, con una anécdota reveladora: «En el año 2000, el PP obtuvo tres diputados y el PSOE tan solo dos. Le llamé para darle ánimos, pero estaba animoso. Al año siguiente ya era el secretario general del partido», dice el que fuera presidente del PP leonés con una sonrisa. Camaleónico como pocos, él mismo dejaba claro en el año 2002 que en política «todo es posible y aceptable» después de asegurar que en su seno no caben las ideas lógicas, sino «ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo» (prólogo al ensayo de Jordi Sevilla De nuevo, socialismo). Lo explicó mejor hace años José Manuel Otero Lastres, el que fuera su profesor de Derecho Mercantil en la Facultad de Derecho de León. «Si José Luis dice que sí, es que quizás, si dice quizás, es que no, y si dice que no, es que no es gallego». El socialista José Giménez, exsecretario de Organización del PSOE en León, le define como dialogante, pactista y perseverante. Recuerda que el todavía aspirante a secretario general del PSOE se recorrió España para pulsar la opinión del partido junto a José Blanco y como aquello le sirvió para leer en la sociedad la necesidad de un cambio y un nuevo liderazgo. De hecho, durante el congreso que le convertiría en secretario general del partido fue el único candidato con un discurso emocionante. «Salió y lo primero que dijo tras el derrotismo de los demás fue que no estábamos tan mal y ganó». El expresidente no estuvo solo en la escaleta de su ascenso al poder. De hecho, Giménez destaca que contó con otro leonés, Antonio García Ferreras, que por entonces era jefe de Informativos de la cadena Ser. «Yo le dije que podía ir de segundo de José Bono, que era quien parecía liderar todas las apuestas, pero me dijo que no. La víspera del Congreso nos reunimos en Madrid José Luis, Miguel (Martínez), Angélica (Rubio), Trini (Jiménez), García Ferreras y yo. A Antonio le pasaba un poco como a mí. De hecho, esa misma noche tenía una cena con los jefes de la cadena y con José Bono. Cuando regresó, nos dijo que la Ser iba a apoyar al manchego, pero nos aseguró que él se la iba a jugar con Zapatero y, al día siguiente arrancó con él en la emisora». El martes ocurrió lo mismo.