OPINIÓN Antonio Casado
La conspiración de la realidad
Marines en bolsas de plástico, creciente número de víctimas civiles, más resistencia de la esperada, menos deserciones de las previstas entre los soldados iraquíes, vísperas de una batalla cuerpo a cuerpo en Bagdad... O sea, que engorda la crónica del sufrimiento y se desploman las apuestas iniciales por una guerra corta con bajo coste en vidas humanas como se había anunciado. Todo eso quiere decir que la cruda y penosa realidad está desmintiendo a los firmantes del contubernio de las Azores (Estados Unidos, Reino Unido, España y el anfitrión portugués), que un día decidieron echar por la calle del medio y pasarse por el arco del triunfo la legalidad internacional cuya fuente es la Carta de las Naciones Unidas. En el plano nacional tampoco parecen confirmarse los cálculos personales de Aznar quien sólo hace una semana estaba convencido de que la marcha de los acontecimientos iba a producir una inversión en la tendencia de la opinión pública española. Que Dios le conserve la vista, una vez más, a nuestro presidente del Gobierno. La protesta en la calle, con peligrosas derivadas respecto a los inevitables grupos minoritarios que desbordan el derecho a manifestarse pacíficamente, cobra nuevos bríos. El martes y el miércoles, en el Congreso de los Diputados, el Gobierno volvía a quedarse solo frente a todos. Y el oscuro episodio de los bombarderos que se abastecen en ruta sobre ciudades españolas, mediante esas «gasolineras volantes» que son los aviones cisterna, añade un motivo de tensión suplementaria entre una ciudadanía que sigue sin saber porqué nos han metido en esto. ¿Por qué? La pregunta del millón. Ayer se lo preguntó Montse Domínguez (La mirada crítica, Tele-5) al ex presidente del Gobierno Felipe González. Y también, como otros, recurrió al factor humano, que es un elemento de análisis ineludible cuando asistimos a un fenómeno tan claro de personalización del Poder como éste. Dice González que Aznar ha llegado a la conclusión personal de que el único poder real en el mundo lo detenta Estados Unidos, de lo que se infiere que la Unión Europea no existe o no significa nada en el tablero internacional. Por tanto, «lo mejor es estar con el fuerte, aunque se equivoque». Lo malo es que esa apuesta nos arrastra a todos. Y convierte a España, que no es un país central en las relaciones de poder a escala planetaria, en colaborador innecesario del fuerte que, con España o sin ella, ya tenía decidida esta guerra hace mucho tiempo.