«Liberaremos Irak, no importa ni el coste ni el tiempo» George W. Bush
Una superbomba de 2.500 kilos cae en Bagdad
Eran las siete menos cinco de la mañana cuando una descomunal explosión retumbó en toda la ciudad. La onda expansiva sacudió lateralmente la estructura de los edificios, hizo tintinear los cristales de las ventanas y meció las camas con un temblor frenético durante diez o doce segundos. Parecía como si Bagdad hubiese sufrido de improviso un terremoto y no un episodio bélico. Pero no se trataba de un impacto cualquiera, sino de la aparición en escena de la GBU-37, una bomba antibúnker de 2.500 kilos de penetración lanzada desde un caza B-2 y guiada por satélite. El vuelo del cazabombardero, segundos antes y después de depositar su huevo sobre el nido de Bagdad, rasgó el cielo como un puñal con saña. En comparación con el estrépito horrísono de la superbomba, los disparos de la batería antiaérea iraquí sonaron luego como afables descorches de una botella de champaña. Se trataba de un paso más, el enésimo -pero no el último-, en la escalada de violencia y ritmo que día a día suman los ataques de estadounidenses y británicos sobre la capital iraquí. A lo largo del día, otros misiles norteamericanos alcanzaron sus objetivos en la capital iraquí. Entre otros, la sede del partido gubernamental Baaz causando ocho muertos. La GBU-37, que se utiliza por primera vez en esta guerra -en la de 1991 se empleó el modelo GBU-28, más antiguo-, fue la guinda de una serie de bombardeos regulares y constantes, inaugurados la víspera con una potente traca de explosiones que no respetó la oscuridad ni el sueño de los bagdadíes. Pero las dos toneladas y media de carga mortífera de la GBU-37 son perdigones en comparación con el as que aún se guarda en la manga el Ejército estadounidense. Se trata de la superbomba más potente del mundo, la Moab, una bomba de munición de golpe masivo de aire de 10.000 kilos, es decir, cuatro veces la carga de ayer. Y a juzgar por la resistencia que están encontrando las fuerzas coaligadas, éstas podrían reservarse esa debacle para ajusticiar a la ciudad en cualquier momento. Se desconoce cuál fue el objetivo real de la GBU-37, pero no, desde luego, las tres centrales de telecomunicaciones que han sido objeto de ataques en las últimas horas. La comunicación telefónica, que hasta hace dos días era un bien suntuario en Bagdad, se convirtió definitivamente ayer en la última baja de la guerra. Una tras otra, como un castillo de naipes, tres estaciones locales cayeron durante la noche y la madrugada. En el edificio anexo a la emblemática Torre Sadam, reventado por dentro y fantasma por fuera, un panel de azulejos que representa a Sadam Huseín al teléfono, se mantenía milagrosamente en pie sobre un lecho de escombros. La dimisión de la mano derecha de Donald Rumsfeld en el Departamento de Defensa estadounidense fue saludada por el régimen iraquí como «el principio del fin de la guerra». Pero no parece que estas palabras hayan tranquilizado a nadie. Al contrario, al incesante trajín de las trincheras, cada día más visibles en cruces, intersecciones y rondas de circunvalación -especialmente las de los nudos norte y sur- se añadía la aparición pública de los primeros carros de combate, aún en posición de descanso. Tres ejemplares antediluvianos, de color fósil, dormitaban al sol en la plaza Al Maidan, no lejos del río. Pero Bagdad está alerta. Espera la batalla final.