«No merece la pena la muerte de nuestro compañero» Juan Pedro Valentín (director de informativos Tele 5)

Batallas en la habitación 206

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León

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A los reclutas de la prensa nos dieron un barracón llamado Grave Hall, cuyo nombre ahora resulta premonitoriamente siniestro. Julio se ubicó con rapidez en la habitación 206. Su compañero de litera era David Bloom, un conocido periodista de la cadena NBC, con el que trabó una buena amistad. Una semana de entrenamiento militar intensivo une mucho a la gente. David llegó con su traje de posar ante las cámaras impecablemente alisado en una bolsa de viaje. Llegaba directamente de Texas de retransmitir en vivo y en directo la tragedia del «Columbia». «Estuvo dudando si quedarme en Texas y pasar del campamento de guerra» le dijo por teléfono a un amigo, «pero luego me di cuenta de que esa noticia iba a pasar en dos días y la de Irak ib a durar e iba a hacernos famosos». Así era David, ambicioso, adicto al subidón de adrenalina que proporciona estar frente a la cámara dando la noticia más importante del momento. Cuando llegó ese momento de la acción, David se subió en lo alto de un tanque con una antena y retransmitió en directo la travesía de las tropas por el desierto. No supo decir que no a ninguna de las transmisiones que le pedían. Estaba en televisión a todas horas. Cuando murió el domingo de una embolia cerebral, aparentemente a consecuencia de la deshidratación y el cansancio, tenía junto a sí la foto de la familia perfecta que siempre llevaba consigo. Una esposa de cabellos dorados y tres hijos adorables a los que no había visto en dos meses, absorbido por un trabajo que lo consumió hasta la muerte. Julio dedujo rápidamente que David podría ser un buen aliado en la guerra. Ya en Quantico tenía consigo un mapa en el que había señalado la posición de todas las tropas estadounidenses y británicas que llegaban al Golfo. Tenía todos los nombres de los corones y generales, y había hecho «lobby» por e-mail con ellos para que le dejaran estar en primera fila cuando comenzase la guerra. El destino quiso que Julio y él fueran destinados a la Tercera División de Infantería. Los tres volvimos a encontrarnos en Kuwait. «David, acuérdate de tu compañero de cuarto», le suplicó Julio cuando todavía la inminencia de la batalla nos ponía los pelos de punta. En todo eso pensé el domingo cuando supe que David había muerto. Quizás, me dije a mí misma, el negro presentimiento que tenía no era sobre Julio sino sobre David, que al fin y al cabo estaban en la misma habitación. No había tenido tiempo de hacerme a esa idea, cuando empezó a llegar el rumor de que había muerto un periodista español. Pasada la rabia inicial me queda la satisfacción de saber que en sus últimos días Julio estaba «mejor que nunca», me dijo el martes una amiga común de Nueva York que habló con él la noche antes de su muerte. Julio viajaba con un equipo médico, que suele ser la mejor gente que se puede encontrar en el Ejército. Las ambulancias también son los vehículos más cómodos, con capacidad para proveer energía, para cargar el teléfono y el ordenador, las armas de un periodista de combate. Tan cómodo con sus compañeros y tan satisfecho con el trabajo que estaba realizando se encontraba Julio la noche antes de su muerte, que había decidido quedarse en Irak hasta junio, o cuando se marchase su unidad. Así terminaron sus días dos de los tres inquilinos de la habitación 206, en la cresta de la ola.

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