«Creo en esta guerra y en las personas que están luchando» Gordon Liddy (ex colaborador de la CIA)
El largo camino de vuelta a casa

Las velas encendidas en recuerdo de los dos periodistas españoles muertos, ayer, en Madrid
Un cartel de Telecinco en la tumultuosa puerta de hotel Palestina ha sido el denotante. En menos de 24 horas medio centenar de vehículos privados se han unido al convoy de la prensa española, que ayer abandonó Bagdad a través del desierto que le separa de Jordania. Es esta la primera oportunidad de salir del país, con la frontera de Kuwait cerrada y los aeropuertos dedicados exclusivamente al transporte militar estadounidense. Periodistas de todo el mundo han respondido en tropel a la puerta abierta, pese a que la carretera jordania sigue siendo calificada de altamente peligrosa. Los fedellines que instigaron a las tropas estadounidenses durante la avanzada se han reinsertado en el vandalismo y ahora son asaltadores de caminos en un país sin ley. Atravesar Bagdad es presuntamente la parte más peligrosa, pero también la más emotiva. La ciudad que la mayoría conociese llena de luz y de vida está ahora desierta y en ruinas. Las heridas de la guerra y la destrucción de tres semanas de bombardeos han hecho estragos sobre monumentos, edificios y viviendas, que se desmoronan sobre las calles llenas de escombros. Pese a carecer de escolta, el impresionante número de vehículos aportan una sensación de seguridad que se esfuma en cuanto se enfría la autopista de salida. Los conductores jordanos pisan el acelerador y se disparan en todas las direcciones, interponiéndose unos en el camino de los otros, «como si se tratase de una carrera de ''los locos de cannon ball''», dice Fernando estupefacto. Algunos se detienen a orinar junto a los montículos de arenas tras los que se suelen esconder los paramilitares para tender emboscadas y en cualquier caso, ninguno se detiene a ayudar a los que se quedan atascados a un lado de la carretera. El único punto donde el convoy, ya disperso en los 100 kilómetros entre Bagdad y la frontera, vuelve a reunirse es una gasolinera. Una visita a los baños, más galletas, un cigarro, un paquete de cigarrillos. «¿Se puede saber qué estamos haciendo aquí?», pregunta indignado uno de los periodistas. «Sacando gasolina», le responde otro, consciente de lo absurdo de la situación. En efecto, los jordanos sacan bidones de plásticos de los maleteros y un tubo con el que extraer combustible del depósito del coche para poder rellenarlo de gasolina. La explicación a tan ridícula maniobra es el precio de la gasolina en Irak, más barata que en Jordania. La ley prohíbe a las gasolineras rellenar bidones, motivo por el que hacen sitio para más combustible en el coche. Varias horas después acaban por fin con la imagen de la garita fronteriza iraquí, ahora custodiadas por las tropas estadounidenses. Las cosas han cambiado. La ansiedad se torna euforia al cruzar la frontera. La pesadilla iraquí a terminado para el pelotón de prensa española. Es hora de soñar con sábanas limpias y duchas calientes en algún hotel de Aman, antes de despegar de vuelta a casa. «¡Y todavía vamos a llegar a tiempo para enterrar a José!», claman indignados por los cinco días que el Gobierno español ha tardado en repatriar el cuerpo.