| Reportaje | Los brigadistas de la vida |

Los mineros pueden sufrir estrés y fobia postraumática

Los miembros del equipo se ufanan sobre todo de su serenidad

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Roberto Arias/Cristina Fanjul - ponferrada
Ponferrada

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Federico García tiene 51 años, está casado y es padre de tres hijos. Pero cuando se enfunda el mono y se pertrecha para acudir en auxilio de algún compañero atrapado en el fondo de la mina, este veterano facultativo se olvida de todo. También de su condición de hombre de familia. Lo mismo les ocurre a los otros veinte integrantes de la Brigada de Salvamento del Bierzo Alto que acaban de devolver a la vida a Elder Francisco Magro y a Óscar Fernández, sepultados durante dos días en un zulo de paredes de antracita a varias decenas de metros bajo tierra. Federico cumple dieciséis años como director técnico de la brigada y rehuye cualquier protagonismo. Su equipo ha participado en más de una veintena de tareas de salvamento y no siempre concluyen con un rictus de satisfacción en el rostro. «Todo el trabajo realizado te ofrece una satisfacción, pero es triste cuando recuperas el cuerpo de una persona muerta. Por eso, cuando tienes un vivo, como ahora, la alegría es infinita», comenta. Si le mientas la palabra héroe se retuerce más que incómodo. «No somos ni héroes ni estamos hechos de una pasta especial. Somos gente serena, eso sí. Gente como Dios manda, de la que cada vez queda menos», replica con rotundidad. En el caso del derrabe en Antracitas La Granja, sin embargo, el responsable de la brigada reconoce modestamente que la acción resultó «muy trabajosa y bastante complicada». «Intentamos realizar una intervención rápida. Pero no siempre lo mejor en lo más rápido», reflexiona a propósito de la excavación directa que en principio se acometió sobre el derrabe en la propia galería. «Nosotros siempre pensamos que estaban vivos. Por eso optamos por un cosa rápida», Y luego explica como al final se decidió abrir un orificio bajo la propia galería derrumbada para llegar a la angosta cavidad en la que se hallaban enterrados Elder y Óscar. No estaban ni a dos mil metros de profundidad, ni la vía que se abrió para el rescate era precisamente un túnel para el AVE. «El orificio por el que entramos no tenía unas medidas regulares. Pero se podría decir que en algunos puntos tenía no más de sesenta centímetros de alto y en otros hasta un metro veinte, siempre con unos ochenta centímetros de ancho», aclara el experto facultativo. Hay que ser prácticamente como un topo. Pero con cerebro. «El que está dentro se olvida de todas las cosas. Lo único que persigues es sacar vivo a toda costa al que está atrapado». Por eso siempre hay alguien que ha de estar más en contacto con la realidad, con el suelo firme al otro lado de la bocamina, también con los llantos de los familiares y la congoja de los amigos y los compañeros, a los que muchas veces es imposible consolar con esperanzas que pueden resultar vanas. «Lo que hay que tener siempre muy presente», subraya el director de la brigada sobre su función, «es que tenemos gente dentro trabajando y que son personas a las que no sólo no las tienes que empujar hacia delante, sino que hay que sujetarlas y echarlas hacia atrás porque llega un momento en que no piensan ni en su propia vida». Entrenamiento en el tajo Ahora todos los miembros del equipo vuelven de inmediato a su «adiestramiento» diario en los pozos que todavía aguantan el tipo ante una reordenación que durante años ha cercenado la vida laboral de miles de hombres en el Bierzo Alto. ¿Pero entonces cómo se preparan para estas arriesgadas intervenciones, más propias de avezados bomberos o incluso de cuerpos de élite?. Brota de nuevo el discurso del antihéroe. «El mejor entrenamiento es nuestro trabajo diario en la propia mina, cada uno en su puesto», confiesa Federico. Tampoco se queja de los medios de que disponen, ni de la colaboración de las administraciones. «Tenemos los medios que tenemos y con ellos funcionamos, aunque siempre se podrían disponer de más», concluye estóicamente. El jefe de la Unidad de Psiquiatría del Hospital del Bierzo, Conrado Vidal, afirma que los cuadros psicológicos que pueden sufrir a partir de ahora los dos barrenistas son la depresión y los traumas fóbicos. «Lo que suele darse en estos casos es un miedo irresistible a entrar en la mina», describe. Vidal recomienda que en un primer momento no entren en el tajo, sino que lo hagan de manera paulatina. «Necesitan un periodo para distanciarse del stress agudo», aclara. El especialista explica además que serán ellos mismos los que deberán marcar el tiempo que requieren. No obstante, asegura que en muchos casos la atención psiquiátrica no es necesaria, por cuanto que cada persona reacciona al stress postraumático de una manera. Para necesitar este tipo de ayuda tienen que dar una clínica patológica clara. Vidal ha atendido tres casos de este tipo.

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