OPINIÓN
De Alcasser a Coín
AL HORROR de los crímenes y al que inspira su confeso ejecutor, ese inglés perverso e impotente que ha ido dejando una estela de asesinatos y violaciones por donde ha pasado, se añade el que suscitan los programas televisivos de cotilleo que, como el juez instructor, «entienden» del caso. Por menos, cuando lo de Alcasser, a Nieves Herrero se la expulsó de la televisión, pero la degradación del medio ha sido en estos años tan profunda que a nadie choca que los mismos programas que manufacturan el vómito social de la murmuración rosa diseccionen con sus manos torpes y sucias el caso de estas otras niñas martirizadas en la Costa del Sol. De Alcasser a Coín, pasando por Madrid, Algete, Alora y acaso Motril, se traza la línea escalofriante de los destructores de muchachas, pero también, paralelamente, la que desciende hasta los infiernos dibujada por medios de comunicación de seguimiento masivo, pero sin clase y sin conciencia. Ayunos de sensibilidad, de cultura, de educación y de empatía, nos han mostrado hasta la saciedad en los últimos días, cuando el verdadero asesino de Sonia Carabantes y de Rocío Wanninkof había sido ya capturado, a la madre de esta última insistiendo, equivocada y ciega, en la culpabilidad de Dolores Vázquez, y, lo que es peor, complaciéndose en ello. Por el contrario, no han abordado, pues ni saben, ni quieren, ni pueden, el espinoso y trascendente asunto de la pésima investigación que se llevó a cabo a raíz del asesinato de Rocío Wanninkhof, que condujo a la condena de una inocente y que propicio que la joven Sonia Carabantes fuera muerta por el mismo canalla en libertad. Los sucesos terribles, aquellos que laceran el corazón perplejo de la comunidad, no merecen ese trato frívolo, morboso y chusmero que expenden los programas-basura, por mucho que a día de hoy, para desgracia de todos, sean los únicos que hay.