Diario de León

Sol, aunque sea congelado

El mal tiempo anima a la asistencia de los «morenoadictos» a los centros de bronceado. Quienes no se resignan, no tienen tiempo o no pueden ir al Caribe optan por los UVA

Esta imagen, del año pasado, apenas ha podido darse este verano en León

Esta imagen, del año pasado, apenas ha podido darse este verano en León

Publicado por
R. D. Seoane - redacción
León

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«Doble, por favor». No, no. No se trata de una hamburguesa ni el zagal -treintón tipo armario de cuatro cuerpos- necesita urgentemente un whisky. Situémonos. Nos encontramos en pleno mes de agosto, mal tiempo, diluvia, por supuesto el paraguas está donde debe -en el paragüero de casa, es verano y no se debe de usar- y para resguardarse del chaparrón no es mala opción acodarse, sino a una barra de un bar, al mostrador de un centro de sol de los que proliferan allá donde el verdadero se hace de rogar. No es de extrañar, con la que está cayendo, que el pedido sea de una sesión doble de rayos UVA. «O te vas de vacaciones, o te vas al solarium», sonríe la amabilísima recepcionista resumiendo, como quien no quiere la cosa, la clave del éxito: los solarios funcionan más en invierno. ¿Quién diría que no lo es? Ya que el Caribe pilla un poco lejos y que el sol no se puede congelar, no son pocos los que deciden intentar coger un poco de color al menos con sus favorecedoras secuelas: el bronceado. No se trata de la avalancha de locura que vemos en las rebajas, ni las colas son las del penúltimo giroconcierto de David Bisbal, pero las cabinas de la era del culto al cuerpo se demandan y se comunican con facilidad. Van recuperando el tono en este anticipo húmedo de otoño en pleno verano. Existen muchas y varias razones para acudir a los rayos UVA, aunque en estos días todas tienen que ver con las previsiones meteorológicas que, estos días, hacen que el verano desaparezca un poco en León y porque no en todo el país. «Acabo de llegar de Ibiza y con lo que me ha costado ponerme morena me niego a quedarme blanca por culpa del mal tiempo», se justifica Gemma con un pie en la mega-cama-refrigerada-con música y seis minutos de radiación tibia. Acostarse en ella, asegura, es lo más parecido a hacerlo sobre la toalla, en plena playa, o por lo menos es lo que nos queda si queremos cambiar un poco el color que nos caracteriza a todos en invierno. Además sin arenas, sin el balón del niño estampado en la cara, sin el loro del vecino metido en el pabellón auditivo, sin salpicaduras... y sin sol, todo un lujo.

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