| Análisis | La guerra de Chechenia |
El Vietnam de los rusos
Intereses petrolíferos, expansionistas o religiosos justifican la persistencia de Moscú en su intento de controlar Chechenia. Sin embargo el factor orgullo es clave en el violento conflicto
El entonces presidente Nixon justificó el mantenimiento de las tropas norteamericanas en Vietnam asegurando que su «derrota y humillación» mostraría la debilidad de EE.UU. y redundaría en un sentimiento antiyanqui por todo el mundo. El discurso que pronunció en 1969 el protagonista del Watergate no difiere mucho del que a día de hoy mantiene el presidente ruso, Vladimir Putin, para quien Chechenia se ha convertido en su Vietnam par-ticular. Putin trata de probar su poder, sobre todo a su propio pueblo, allí donde fallaron sus predecesores. Las guerras chechenas Ya en el siglo XIX, chechenos e inghuses pusieron freno a la avidez expansionista rusa (en-tonces la sangría de la guerra de Crimea favoreció a los sepa-ratistas) y obligaron a Moscú a emplear poderosos contingentes para dominarlos. La historia se repitió en 1944, cuando Stalin -que ocho años antes había concedido a la zona el rango de república- suprimió su decisión en respuesta a la presunta «colaboración masiva» de los chechenos con Alemania. Entonces, muchos habitantes de la región acabaron en Siberia. La república no se restableció hasta 1957. Sin embargo, el control ruso sobre el lugar continuó y los tanques soviéticos se convirtieron en habituales en Grozny en la década de los 80. En 1991 los chechenos trataron de aprovechar el desmembramiento de la URSS y proclamaron su independencia. Sin embargo, las luchas internas entre partidarios y opositores del presidente Dudáyev, torpedearon el proyecto. Los contrarios al líder checheno contaron con el apoyo ruso que se materializó en una in-tervención directa en 1994. Parecía un triunfo fácil para Moscú, pero si a los estadouni-denses se les atragantó la selva vietnamita, los rusos se estre-llaron (como ahora) contra las montañas chechenas. A ello se sumaron las acciones suicidas de los separatistas. El número de muertos se cifró en 100.000 antes de la firma de la paz con el líder checheno Aslan Masjadov (Dudáyev había fallecido en un atentado) en 1996. La situación pareció calmarse, pero continuaron los ataques mutuos hasta que, en 1999, Moscú bombardeó Grozny tras el intento de cientos de extre-mistas islámicos (wahabíes) de proclamar un Estado Islámico Independiente. Estallaba así una nueva guerra en la que las bajas ya superan a la anterior. Rusia busca controlar una zona de gran intereses petrolí-fero (además de los yacimien-tos próximos, Chechenia está atravesada por el oleoducto que va de Azerbaiyán a Rumanía); frenar a los fanáticos islamistas (que ven ya una guerra santa) y, sobre todo, solventar una cuestión de orgullo.