El carbón, una reliquia en casa, incluso para las cuencas mineras
La mayor parte de los antiguos distribuidores de carbón y leña han cerrado el negocio o se han reciclado al gasoil por falta de clientes. Las tradicionales calefacciones de carbón ya sólo se mantienen a duras penas en zonas rurales muy aisladas y tienen cada vez más problemas de abastecimiento. Incluso en zonas como las cuencas mineras, donde hasta hace poco las jubilaciones se complementaban con un cupo de mineral para uso doméstico: las empresas cuantificaron su coste a principios de los noventa y se limitaron a pagarlo en metálico a sus pensionistas, algo que con el tiempo se ha revelado como una medida beneficiosa para todos. No hay estadísticas oficiales sobre el número de instalaciones de calefacción según combustibles, aunque se estima que el carbón ni siquiera llega ya a un 10%. En cuanto al gasóleo, los distribuidores calculan que el mercado provincial se sitúa en unos 55.000 hogares, quedando el resto para viviendas abastecidas por gas natural o, exclusivamente, por electricidad. Las instalaciones de calefacción de carbón, relativamente frecuentes hasta hace dos décadas, son ahora una reliquia que practicamente han desaparecido en los nucleos semiurbanos para comunidades de vecinos y apenas se mantienen a través de clientes aislados en áreas rurales. Su coste, paradójicamente, empieza a ser añorado por los usuarios: una tonelada de carbón para usos domésticos se vende todavía hoy al precio de 160 euros (unas 26.000 de las desaparecidas pesetas), precio que, pesar de todo, no compensa pagar en comparación con energías más «limpias».