Nevada de irresponsables
LOS conductores somos unos irresponsables. A pesar de que desde el pasado 21 de diciembre se dieron avisos sobre el temporal que se avecinaba, la mayoría emprendimos la marcha y, lo más escandaloso: sin estar provistos de cadenas para los vehículos. En pocas palabras, tenemos lo que nos merecemos. Somos una panda de gañanes e inconscientes que hacemos uso de nuestra libertad de movimientos y nos enfrentarnos a las calamidades climatológicas a pesar de los avisos. Hemos tenido la poca vergüenza de pensar que las autoridades deben prever contingencias de este tipo. Miren: esto del Estado se basa en un contrato social entre ciudadanos, y la base de la democracia es aceptar el hecho de que cuantos se acogen a ella son mayores de edad. Ustedes no son nuestros tutores, son nuestros servidores públicos y así es como deben actuar. La responsabilidad se la tenemos que exigir nosotros. El domingo llegué a la AP-1 a eso de las ocho de la tarde. La autopista estaba abierta y nadie avisó de que podían surgir problemas. A la media hora comenzaba la retención. Diez mil coches cayeron en la misma trampa. No podíamos volver atrás y era imposible ir hacia delante. Quiero lanzar desde aquí un mensaje claro a los Berta Tricio (subdelegada del Gobierno en Burgos), a Moisés Fernández (gerente de Europistas), a los concejales del Ayuntamiento de Burgos y a Luis Aznar, director, o lo que sea de la Agencia de Protección Civil. Todos ellos, junto al delegado del Gobierno, Miguel Alejo -¿dónde estaba?-, José Antonio Alonso y Magdalena Álvarez (ministros de España), son los responsables de lo que les ocurrió a decenas de miles de personas el pasado domingo. Me gustaría saber cómo es eso de sentirse irresponsable, me encantaría revivir esa sensación que sólo se tiene en la infancia. Porque ustedes, que deberían haber previsto que en invierno nieva, ustedes, que tendrían que saber que la Navidad es una época en la que los sujetos de los derechos a la libertad y a la seguridad (todos los españoles) tenemos la mala costumbre de utilizar las carreteras del Estado para trasladarnos donde nos dé la gana, pensaron que las vacaciones eran para descansar y olvidar responsabilidades. Como he dicho antes, la democracia es un contrato. Yo pago impuestos y acato unas leyes. A cambio, debo presumir que el Estado no se servirá de la cobardía para esconder su incompetencia. Desde las ocho de la tarde del domingo hasta las seis de la mañana del lunes no pasó ni un solo quitanieves, ni un coche de la Guardia Civil, ningún miembro de Protección Civil, nada. Nuestro único acompañante fue la radio. A través de ella, los irresponsables políticos y el portacoz de Europistas difundieron toda sarta de mentiras y sandeces, muestra clara de su propio esquema mental. «No sabemos en dónde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y nuestras obras también es inseguro». Aquel día quedó claro que los políticos, además de no saber hablar, tienen poco respeto hacia la inteligencia de los ciudadanos. Mintieron de manera repetida, manipularon a los conductores haciéndoles creer que el problema se solucionaría en poco tiempo, hicieron dejación de sensatez y desertaron del escaso juicio que parecen tener, tapándose unos a otros y zafándose de su obligación. Más de treinta mil personas sufrieron esa noche su desfachatez y necedad. A la nevada blanca debería seguir, si se cumpliera el contrato social, una nevada de dimisiones. Eso ocurririría en Alemania, pero claro, allí nieva y el país no se detiene.