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Peregrinos contra el terror La teoría del suicida en el autobús 30 recorre Londres

En la hora punta, la estación londinense de Victoria estaba casi desierta

En la hora punta, la estación londinense de Victoria estaba casi desierta

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La plaza del Obradorio de Santiago de Compostela fue ayer escenario de una espontánea concentración de silencio a la que se unieron decenas de peregrinos de distintas nacionalidades que ayer por la mañana alcanzaron su destino tras culminar el Camino de Santiago. En la imagen, un momento de la concentración. El autobús de la línea 30, la que va de Hackney a Marble Arch, hace su último alto en la parada antes de pasar por delante de las cámaras de televisión. Hoy no tendrá que abandonar Euston Road y los pasajeros miran a su izquierda. Una lona oculta el vehículo que ayer a esta misma hora, las 9.50, debía haber seguido circulando sin problema calle abajo. Sin embargo, ahí está, convertido en un amasijo de hierros a pocos metros de su ruta habitual. Los periódicos ingleses explican que las bombas en las estaciones de metro habían obligado a modificar ligeramente el itinerario del bus 30. El que voló por los aires 45 minutos más tarde de que tres vagones hicie-ran lo mismo bajo el suelo de Londres. Ahora se ha convertido en el centro de la investigación policial y su relevo en la línea pasa despacio por delante del cordón de seguridad, el día después de la masacre. Una pareja de japoneses señala con el dedo. Dos asientos más adelante se sienta Ellie, una estudiante de 23 años que frecuenta esta ruta. No es ningún milagro que su nombre no figure entre la lista de víctimas de la tragedia. Al vehículo en el que ella viajaba aún le faltaba bastante para llegar a Tavistok Place: debido al atentado en el metro el servicio iba con bastante retraso. La joven se siente «muy segura» porque, en su opinión, «es imposible que ataquen otra vez en el mismo sitio y a la misma hora». Además, cree que los terroristas «ni siquiera tenían planeado hacer explotar ese bus». Las palabras de Ellie encuentran eco en otros viajeros. Muchos han visto por la tele a un hombre explicando cómo se había topado en su autobús con un tipo que parecía nervioso y que manipulaba una bolsa. El testigo había bajado del vehículo para escuchar a continuación una tremenda explosión a sus espaldas. La teoría del suicida corre por toda la capital. También se escucha entre las decenas de periodistas que se agolpan a la entrada de King's Cross, la boca de metro que permanece sellada por la policía y donde varios agentes aún trabajan entre los cuerpos de los muertos, según señala un policía. En la superficie, la calma sólo la interrumpen las cámaras a la caza de una imagen. La consiguen poco antes de la una de la tarde, cuando una falsa alarma obliga a desalojar la estación de tren, que pese a conectar con el metro está funcionando con casi total normalidad. La alerta apenas dura cinco minutos y los pasajeros vuelven a hacer cola para subirse al convoy. Pasado el susto, los focos vuelven a centrarse en Mark Margolis y en su cara parcialmente cubierta por las tiritas. Ha regresado al lugar del que ayer escapó corriendo para salvar la vida. Lo ha hecho acompañado de su mujer, Sarah, que hace las veces de agente del muchacho y lo lleva de un set de televisión a otro. Él explica en todos lo mismo: «Tuve pánico. Había gente gritando y corriendo como loca». Y descarta que detrás del atentado haya «ningún motivo religioso». Su esposa también tiene una historia. La de cómo se enteró por teléfono de que él estaba bien y cómo dejó el trabajo para salir corriendo a buscarlo a Russel Square. Objetivos mediáticos Seis o siete entrevistas después, la pareja decide que ya es suficiente y se marchan a casa. Los objetivos se dividen entonces entre un jefe de bomberos, un oficial de la policía y un nuevo testigo, éste sin ninguna cicatriz, que no ve el momento de abandonar su papel de protagonista y prolonga sus minutos de fama hasta bien entrada la tarde. Mientras, las sirenas de los servicios de seguridad y los de emergencia continúan sonando cada tanto y el panel que anuncia la estación de King's Cross se va llenando de flores. Tras la valla, el tráfico baja lento hacia Euston Road. Ayer estaba cortada, pero hoy los muchos coches que la transitan vuelven a dar fe de que Londres ha hecho uso de toda su flema para responder a quienes querían romper la calma. «Ahora hay que demostrar que somos un país fuerte y unido». Alan se pone serio y sólo cambia el gesto para explicar a una mujer que si quiere llegar al destino por el que pregunta deberá hacerlo en bus. Como él, cientos de empleados del metro, ataviados con un peto naranja, buscan rutas alternativas. A ellos se acercan los viajeros que no saben qué hacer si en los paneles con la lista de líneas interrumpidas aparece la suya. Es sólo una forma más de acelerar la vuelta a la normalidad, al pulso habitual de una ciudad donde el tiempo parece tener vida propia y no espera por nada ni nadie.

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