Gregorio Peñafiel logra encajar la aeronave en un lugar imposible que evitó a España una doble desgracia en Afganistán
La pericia del piloto evitó 17 muertes más
Una experta maniobra salvó la vida de los soldados que iban en el segundo helicóptero
La tragedia del Cougar tuvo un héroe salvador. Un hombre que hizo que aquel día las 17 víctimas mortales no se convirtieran en 34. Su nombre es Gregorio Peñafiel, sargento primero, y pilotaba el segundo helicóptero. Su extrema pericia a los mandos y una maniobra que los responsables militares en Herat califican de «milagrosa» lograron salvar la vida de los cinco miembros de su tripulación y la de los 12 soldados de la Brilat que viajaban detrás. El Diario tuvo acceso ayer a la zona del impacto y examinó los restos de la tragedia. Asesorada por los militares pudo reconstruir lo que ocurrió esa mañana del martes 16 de agosto. Este es el relato de los hechos de la tragedia y el testimonio de cómo el instinto de un hombre consiguió posar un helicóptero en un lugar imposible. Un piloto que consiguió que la catástrofe no se duplicara. 1397124194 Cinco minutos de buen vuelo. Los dos helicópteros Cougar no llevaban más de cinco o diez minutos de vuelo. Acababan de salir de la base de Camp Arena hacía poco y sobrevolaban el pueblo de Cheshma Khani, a no más de 40 kilómetros de Herat. El segundo aparato volaba a unos 200 ó 300 metros del primero. Volaban bajo, en un vuelo táctico para evitar un posible ataque con lanzagranadas o misiles. Por eso, a veces, mientras uno sorteaba una colina por un lado y el otro por un camino alternativo, se perdían de vista. Todo iba bien y así lo señalaron por radio. Justo antes de pasar por encima de la aldea se separaron. Tenían un punto de encuentro imaginario unos cientos de metros más adelante. 1397124194 El impacto del primero. El primer helicóptero se elevó para evitar una colina de relativa altura y tras coronarla inició del descenso. 150 metros más adelante tenía que salvar una elevación de mucha menos altura, que ni siquiera tenía pico, sino que más bien daba paso a una pequeña meseta. No se sabe por qué -la investigación podría llevar meses e incluso, según el jefe de la base, no conocerse al final la causa exacta de la tragedia-, pero fue allí, al llegar al borde de esa meseta, donde el aparato rozó el suelo. No lo hizo con la cola, como se ha llegado a decir, sino con toda la panza, dejando un surco en el terreno de varios metros. El Cougar quedó irremediablemente desestabilizado. Su próximo impacto con el suelo fue cincuenta metros más adelante y allí empezó a rodar y dar vueltas sobre sí mismo. No se sabe cuántas, pero lo cierto es que hicieron que la cola del aparato se desprendiera y saliera despedida. Su menor peso hizo que pasara por encima del tronco del helicóptero y quedara unos metros más lejos. Instantes después el depósito de combustible comenzó a arder convirtiendo la nave en un infierno de unos 1.000 grados. 1397124194 Humo a lo lejos. El segundo Cougar había escogido un camino alternativo a la derecha del primero. Daba un rodeo semicircular para llegar al punto de encuentro. A medio camino, cuando las colinas le dejaron ver la meseta sobre la que habían quedado esparcidos los restos del primer aparato, se encontraron con lo peor. Una columna de humo denso se alzaba sobre lo que quedaba del Cougar. El sargento primero Peñafiel, sospechando que estaban siendo atacados, hizo una maniobra muy violenta, trató de evadirse, y no seguir por su trayectoria prevista. Tiró del freno del rotor de cola, lo que hizo que el aparato se levantara del morro. Giró bruscamente a la izquierda, entre la sopresa y el humo. En ese momento se levantó una racha muy fuerte de viento. 1397124194 El viento de los 120 días. En la zona lo llaman el viento de los 120 días, porque empieza en mayo y dura cuatro meses. Es un aire violento, que arrastra el polvo de la estepa desértica que son los alrededores de Herat. Un viento que desestabilizó el aparato. El segundo Cougar se encaminaba así hacia un destino fatal, avanzando hacia una colina que quedaba a la izquierda del lugar de impacto del primer aparato y perdiendo altura. Según los militares consultados, si Peñafiel se hubiera dejado llevar por el pánico, hubiera seguido insistiendo en la maniobra. Eso habría hecho que terminara cayendo y que los 17 hombres que viajaban a bordo murieran irremediablemente. Pero él vio un hueco donde no lo había. En aquella colina que lo iba a matar, había una esperanza. 1397124194 El milagro. La colina tenía una especie de corte, como un pequeño valle incrustado entre las faldas, seguramente producto de la erosión y del paso del agua. En su parte más baja, al nivel del suelo, no llegaba a los tres metros de ancho. En la parte más alta, por donde tendrían que pasar las palas del rotor que miden casi 16 metros de diámetro, apenas tenían esa anchura. Pero era la única oportunidad. Posarlo allí, en aquella ranura, o estrellarse contra la colina. «Hay más posibilidades de que un niño se caiga desde un décimo piso y sobreviva de que esa maniobra termine con éxito. Créame, sé de lo que hablo porque he sido piloto e instructor de ese mismo tipo de aparatos durante 16 años. Esa maniobra es increíble, un milagro», comentaba ayer un militar en Herat. El coronel Moreno, jefe de la base española, aún fue más tajante. «Sólo la combinación de la pericia del piloto y la suerte, salvó a los hombres del segundo helicóptero. 1397124194 El instante. Fueron segundos, o quizás décimas de segundo. Peñafiel acercó el aparato lo más lento que pudo. Tenía que asegurarse de no rozar demasiado con las palas en las paredes, o el aparato acabaría volcando y su gente resultaría gravemente herida. Eso, claro, si el depósito de combustible no ardía. La nave se acercó rozando con las palas en las paredes de roca de aquella ranura en la colina. A la derecha y a la izquierda. Las puntas, de fibra de carbono, saltaban hechas pedazos a su contacto con la roca. El rotor de cola también sufría roturas en sus palas. Finalmente, Peñafiel logró posarlo. No sin violencia, claro, pero logró dejar el casco del aparato entre dos rocas puntiagudas. Saliendo del aparato por la puerta de la izquierda, no habría más de un metro hasta la roca. Por la derecha, apenas quedaba espacio para salir. Caos a bordo. El impacto no había sido gratuito. El aparato había aguantado, pero el choque frontal había sido muy violento. El morro se había incrustado entre las piedras, las ruedas del tren delantero habían quedado enterradas y de las palas del rotor sólo quedaba la mitad. Y, lo peor, los cinco miembros de la tripulación estaban heridos. Piloto y copiloto tenían heridas de diversa consideración, el mecánico había sufrido lesiones en sus vértebras y los dos tiradores, que se encontraban atados en las puertas, sufrieron la violencia del impacto. Los doce miembros de la Brilat, que viajaban detrás, estaban bien. 1397124194 La vista atrás y la tensión. Evacuaron el aparato con mucha tensión y dos certezas: que habían sobrevivido y que sus compañeros del primer helicóptero habían caído. Al salir del aparato y echar la vista atrás, tenían visión directa de la bola de fuego que formaban los restos del primer Cougar, cuyas piezas de aluminio ardían a grandes temperaturas. La munición que llevaba a bordo, la de los fusiles y la de las ametralladoras de 7.62 milímetros, comenzó a estallar. El capitán Martín, el jefe de los doce hombres de la Brilat que viajaban en aquel aparato, tomó el mando de la situación. No sabían con certeza si habían sido atacados o no. Pero había un helicóptero derribado, y la munición al explotar emitía un sonido parecido al de los disparos. Ordenó a sus hombres que salieran de allí y tomaran la cima de la colina y las de las colindantes. Allí abajo, sólo eran blanco fácil para un hipotético atancante. 1397124194 Una subida difícil. Los hombres de la Brilat no lo tuvieron fácil. Cargaban con su equipo y su fusil ladera arriba por una cresta de piedras sueltas. No había tierra en la que sostener los pies, sino sólo piedras que, en contacto unas con las otras, hacían de la subida una secuencia infinita de resbalones. Pero había que subir y tomar posiciones, tomar una posición tácticamente ventajosa, defenderse. Según los testigos de la aldea de Cheshma Khani, los militares incluso llegaron a hacer disparos al aire para evitar que se acercaran los curiosos. En la base, los mandos afirman que no tienen noticia de ello, pero que sería normal en aquellas circunstancias. Mientras, desde el aparato, se lanzaba el SOS. En la base se activaba todo el dispositivo de rescate. Los equipos de evacuación sanitaria área llegaron al lugar poco después. Se llevaron a los cinco heridos. Por los integrantes del primer aparato poco se podía hacer más que esperar al juez para que ordenara el levantamiento de los cadáveres. 1397124194 «De aquí no nos vamos». También quisieron llevarse a los soldados de la Brilat, pero el capitán Martín y sus hombres se negaron. «De aquí no nos vamos», dijo el capitán. No abandonarían a sus compañeros mientras otros no pudieran reemplazarles. Se quedaron allí hasta bien entrada la tarde. «Quizás cuando volvieron a la base y estuvieron solos, todo se les vino encima. Pero en aquel momento, pese a todo lo que habían vivido, hicieron su trabajo. Eso habla a las claras de la pasta de la que están hechos», comentaba ayer emocionado el coronel Moreno. 1397124194 Por respeto a los caídos. Tras la tragedia comenzó la difícil tarea de recoger los cadáveres de los caídos. Los metieron los cuerpos en sus bolsas y, en las horas y días siguientes, rastrillaron palmo a palmo la zona para zona para evitar que ningún resto, por pequeño que fuera, quedara sobre el terreno. Mientras, la investigación avanza, pero los militares son cautos y aseguran que este tipo de pesquisas llevan meses, no semanas. Muy posiblemente, cuando el ministro José Bono, comparezca mañana para explicar lo que se sabe del accidente, sólo pueda descartar algunas de las causas probables, pero no dar con total certeza la razón por la que el Cougar se estrelló. En la zona del impacto, ya no quedan restos del amasijo retorcido de hierros en los que se convirtió el primer aparato. Sobre el terreno afgano ni siquiera se puede encontrar una pieza pequeña. Todo es enviado a España para su estudio. Se han tomado fotografías cenitales, medidas y todo lo necesari o para que, si hiciera falta, se pueda reproducir la escena en territorio nacional. El segundo aparato, del que los militares aseguran que volverá a volar, será izado por un helicóptero Chinook en los próximos días. Lo manchones negros que dejó la tragedia en el suelo, han sido borrados y la tierra rastrillada. Lo explica un soldado: «Para que no quede nada en el lugar de la tragedia que pueda ser mancillado. Por respeto a nuestros caídos».