La peor catástrofe desde la ocupación estadounidense del país sucede en una fiesta religiosa de los «no insurgentes» HABLAN LOS TESTIGOS: «FUE UN INFIERNO»

Una estampida por temor a suicidas de Al Qaeda mata a casi mil chiíes en Irak

El presidente Talabani culpa a Al Zarqaui de causar el pánico que provocó la avalancha

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afp | bagdad
León

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El pánico les llevó a la muerte. Al menos 850 peregrinos llegados de todo Irak para conmemorar la muerte de un mártir del chiísmo murieron ayer en Bagdad al ceder la valla de un puente que cruzaba el río Tigris. La mayoría de la víctimas -según fuentes sanitarias- son mujeres, niños y ancianos que quedaron sepultados, perecieron ahogados o aplastados por la marabunta. La catástrofe ocurrió, según los primeros indicios, cuando comenzó a circular el rumor de que había un terrorista suicida entre la muchedumbre. Eran las 7,30 hora local en Bagdad. Decenas de miles de fieles chiíes llegados de todo el país caminaban en procesión a la mezquita de Musa-Al Kadem, en el centro de la ciudad. Los peregrinos pregonaban su fe al séptimo imán (que según la tradición fue envenenado) con el miedo en el cuerpo: horas antes siete civiles habían fallecido en un ataque de la insurgencia suní junto al mausoleo donde está enterrado el imán y otras 35 personas resultaron heridas por fuego de mortero. El Gobierno iraquí había previsto importantes medidas de seguridad por temor a posibles atentados, pero esta vez la sangría llegó sin violencia. La procesión transcurría con aparente normalidad. Los peregrinos se agolpaban para llegar a la mezquita cuando una masa de fieles que atravesaba un puente que separa el barrio suní de Adhamiyá y el chií de Kazimiyá se apresuró por temor a la presencia de suicidas y provocó el derrumbamiento de la valla de seguridad. Centenares de víctimas cayeron al agua desde 10 metros de altura, unas encima de otras. Muchas nadaron hasta la orilla del Tigris, otras perecieron ahogadas en sus fangosas aguas. Pero el resto perecieron pisoteados por la marabunta o asfixiados. Mujeres, niños y ancianos se llevaron la peor parte. Caos hospitalario Los más de 300 heridos que dejó la tragedia fueron traslados a cinco hospitales de Bagdad, que no daban a vasto. Cualquier lugar era propicio para practicar los primeros auxilios: en el suelo del pasillo, en camillas destartaladas o en las salas de espera. El caos era visible. La Ciudad Médica de Bagdad, uno de los principales centros médicos de la ciudad, recibió en la primera hora el mayor número de víctimas: 318 cadáveres y más de 70 heridos. El resto fueron trasladadas a otros importantes centros sanitarios: Noomán, Adnan, Kindi y Jark. En el hospital Nooman, en el barrio suní de Adhamiyá, donde transcurrió la procesión, decenas de cadáveres estaban alineados en los corredores por falta de espacio. Cuando las víctimas eran identificadas las transportaban en ambulancias hacia los hospitales de sus barrios. Muchas personas buscaban a sus parientes y los teléfonos celulares sonaban incesantemente. Mientras tanto, las procesiones continuaban y el flujo de peregrinos demostraba cada vez más fervor. Los fieles se flagelaban con mayor dureza en memoria del séptimo imán, que fue encarcelado bajo el reino del legendario califa abasí Harun al Rashid. Tal vez sin sabe lo que había ocurrido porque en la peregrinación había más de un millón de fieles. Paradojas de esta trágica jornada, la peor desde la ocupación estadounidense de Irak en marzo del 2003, veinte personas fueron envenenadas antes del inicio de las celebraciones religiosas y de la tragedia de Kazimiyá, según confirmó el ministerio de Sanidad. Las víctimas consumieron al parecer «productos alimenticios envenenados de manera deliberada» comprados durante la peregrinación. El ministerio había advertido a los fieles de esta posibilidad. Fractura en el Gobierno La respuesta de la clase política a la tragedia no tardó en llegar, si bien el hecho tendrá trascendencia y será una contribución trágica a la evolución de los acontecimientos. La primera es la división que ha provocado entre los miembros del gobierno del chií Ibrahim al Jaafari. El ministro iraquí de Sanidad, Abdel Muttaleb, próximo al movimiento de Muqtada al Sáder, pidió públicamente la dimisión de sus homólogos de Interior y de Defensa por ser responsables directos de la seguridad durante la peregrinación. En la respuesta ambos culpaban a los «terroristas» de alentar el rumor que provocó la masacre, mientras que líderes religiosos suníes invocaban «al destino» o «la fatalidad». También los aliados redundaron en esta línea de responsabilidades. El ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, Jack Straw, afirmó desde Londres que las muertes fueron «provocadas por el terrorismo» y aseguró que «Gran Bretaña y la Unión Europea condenan enérgicamente a quienes continúan utilizando la violencia y el terrorismo para promover sus ideas en Irak». El presidente iraquí acusó directamente a Al Qaeda de la tragedia y decretó tres días de luto oficial en el país.

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