Párroco leonés en Nueva Orleans
«Hubo predicciones apocalípticas queanunciaron lo que pasaría en esta ciudad»
Son las nueve de la mañana en Nueva Orleans. El padre Agudo, capuchino leonés originario de Villapadierna, aún está en la cama. No hay mucho que hacer, razón por la que el descanso es hoy más largo. Coge el teléfono. Saluda en inglés y se alegra abiertamente de que le llamen de su León natal. «¿Diario de León?, vaya, ya veo que las noticias llegan pronto». Teodoro Agudo -tras la ordenación sacerdotal, su nombre fue cambiado por Anecto- se muestra incomprensiblemente tranquilo. Reside en una vivienda de tres plantas que no ha sufrido el azote del huracán Katrina, puesto que se ubica en la zona alta de la ciudad de Nueva Orleans, hoy un reguero de muerte y desolación. «Parece un campo de guerra», relata tras realizar su primera visita a las zonas más afectadas. -La información que nos llega dice que Nueva Orleans se ha convertido en un «sálvese quien pueda». ¿Ha vivido algún momento de peligro real? -Mi visión es tremendamente pobre por la sencilla razón de que no tenemos electricidad y no hemos visto ni una sola imagen del huracán. La zona donde estoy yo, el uptown (parte alta de la ciudad), es muy privilegiada porque hay línea telefónica, cosa que no tiene el 90% del área. El día del huracán hubo viento y agua, pero mi casa, de tres pisos, aguantó perfectamente. La iglesia perdió tres vidrieras, una de ellas grande, con el tema de Santa Teresa de Ávila, pero la casa no sufrió nada. Aquí no hubo inundación. Lo que hay son ramas y encinas de 100 o 200 años caídas por todas las calles porque todavía no ha empezado la recogida de basura. Por otro lado, yo tuve agua corriente hasta dos días después del huracán hasta que la cortaron. Y hoy tengo agua potable en abundancia procedente de las tiendas que han saqueado. Por eso digo que lo que yo veo está todo bien. De momento no se ven soldados y los únicos que han llegado hasta aquí son los de la Guardia Nacional, que acompañaron al cónsul de España en Nueva Orleans desde Houston para sacar a mi compañero, el padre Miguel, que quería salir hacia España. -¿Qué es lo que ve cuando viaja por la ciudad? -Ayer me visitaron unos reporteros de Antena 3 Televisión y dimos una vuelta por la zona de la ciudad que no había visto. Aquello sí, aquello parece un campo de guerra. Agua, destrozos, soldados hasta en los tejados, tanques..., de todo. Fue la primera mala impresión que tuve del huracán porque como no hay televisión no había visto las imágenes. La única manera de ver la realidad es salir a algún sitio donde haya pasado algo, resulta trágico hacerlo. Ustedes han visto no sólo eso, sino la ciudad inundada. Yo todavía no. -Desde luego son imágenes descorazonadoras. -Ya digo que no sé nada de eso. En mi zona no tengo grandes problemas: justo en frente de mí hay un programa de drogadictos y alcohólicos que todavía está operando y ellos son los que me dan de comer todos los días. -Desde aquí da la impresión de que el Gobierno de Bush ha reaccionado tarde y mal y que, de haberse tomado medidas de prevención, la catástrofe habría sido menor. -Sé por la radio que hay fricción entre el gobierno federal y el gobierno del Estado sobre quién tiene la culpa de algunas cosas que han pasado. A veces no tenemos una visión completa de cómo funciona la relación de estos dos gobiernos. El federal puede invadir España si quiere, pero no el estado de Luisiana si el gobernador no le pide que mande soldados. Por lo tanto, la petición tiene que partir de la autoridad local. Que se sepa, la gobernadora se ha negado a poner bajo el mando del gobierno federal a su guardia. Y ahí hay un problema porque no hay coordinación. Eso es lo que ha pasado. En cuanto a la prevención, ya había estudios y predicciones de estrategas totalmente apocalípticas de lo que pasaría en esta ciudad, situada a siete pies por debajo del nivel del mar y con un lago enorme, en caso de que se produjese un huracán de nivel 5, como el Katrina. Aquí ha habido huracanes desde que el mundo es mundo, pero las inundaciones eran las típicas, no las provocadas por la rotura del dique del lago. -Se ha hablado, incluso, de que esta catástrofe ha tenido cierto componente racial y que... -[Interrumpe]. Alguien de Radio Nacional de España también me lo ha dicho. Componente racial es un arma que usan precisamente los políticos negros cada vez que pueden hacerlo. No comprendo el hecho de que sea una ciudad mayoritariamente negra y que, por eso, el Gobierno federal no haya querido hacer nada. Eso va más allá de la comprensión de cualquier ser humano. Pero los líderes negros enseguida juegan la carta racial para coger puntos. Hay líderes negros que están viviendo de la pobreza de los negros. Cuantos más pobres sean, más puntos de apoyo tienen. Esa es la vergüenza. Estamos en una ciudad donde se han registrado 200 muertos por tiroteos en las calles de negros contra negros. Si hubiera sido de blancos a negros esta ciudad ya estaba quemada porque hubiera tenido lugar una explosión racial. La gente ya lo ha aceptado como fatalismo o no sé, porque apenas hay protestas. Por eso digo que el tema racial viene de los propios negros. -En la evacuación fueron los más perjudicados, dicen. -Nueva Orleans tiene un transporte urbano bueno. La gente que trabaja en la ciudad no necesita tener un automóvil. Cuando llegó la orden de evacuarse había posiblemente unas cien mil personas sin transporte propio, y no podían salir aunque quisieran. A esos son los que se les ofreció ir a los refugios en el Superdome y en el centro de convenciones. Estos días pasados han evacuado en autobuses cerca de 70.000 u 80.000 individuos. La operación ha sido rápida porque les han sacado en dos días. El problema avanzó en estos refugios. La gente, sin agua y sin posibilidades, se desesperaba y parece que ha habido revueltas y muertos. Entonces han decidido pedir autobuses a toda la nación. Y aquí las distancias son largas. Hay gente que les han enviado a Texas, y sólo ese viaje lleva diez horas. El aeropuerto no funciona porque está tomado por la aviación militar. La carretera de salida más importante está inundada, y la que accede por el norte, también. Nueva Orleans sólo tiene ahora una carretera de salida y entrada, por lo que la cosa está muy mal. De hecho, hay toque de queda por las noches, por el día nos dicen que no salgamos a la calle, sólo para recoger agua y comida en los centros de reparto. -¿Alguna autoridad española se ha puesto en contacto con usted? -He estado en contacto porque mi compañero, el padre Miguel, quería salir de aquí. La gente que se ofreció para sacarlo no pudo porque no dejan entrar a nadie en la ciudad. Llamé a Washington y me dieron el teléfono de emergencia del consulado de España. Alguien me advirtió que no daban permisos ni a los diplomáticos. Así quedó la cosa hasta que nuestro cónsul, que ya había sido evacuado a Houston, se tomó el asunto por su cuenta. El domingo me llamó desde Texas y me preguntó cómo llegar a Nueva Orleans. Le dije que no podía llegar hasta aquí y me respondió: «Bueno, yo soy el cónsul». Entonces me recordó ese poder de los cónsules romanos. Se decidió y vino con cinco muchachos. Al llegar al chequeo un grupo de militares le trajo hasta la casa. Metieron al padre Miguel y se lo llevaron. El cónsul, Ramón Sáenz de Heredia, me dijo: «Padre Agudo, ésta es la ocasión, venga con nosotros». Yo le respondí: «Si no he salido antes ya no salgo tampoco. Si lo necesito le llamo a Houston y hace otro viaje». -Como en la película: «Houston, tengo un problema». ¿Y por qué ha decidido quedarse allí? - (Risas). Porque estoy al frente de la parroquia de Santa Teresa, esa es una de las razones. Sé que muchos sacerdotes se han marchado porque llamo por teléfono a algunas parroquias y no contestan. Además, no tengo familia. No soy como un padre que tiene hijos y ve las cosas de una manera muy distinta. La casa me pareció muy segura y decidí quedarme. Fue sentido de la responsabilidad y cierta complacencia de que no iba a pasar gran cosa. -Hay gente que la están dejando volver para ver sus casas. ¿Con qué se está encontrando? -En las ciudades del extrarradio están dejando que la gente vaya a ver sus casas, pero les ordenan marchar otra vez. Se han encontrado con que su casa no existe, o que se ha mojado tanto que posiblemente tengan que tirarla. Lo que está peor en vivienda es precisamente la ciudad, donde no dejan entrar. Ayer, un policía negro que pasó por aquí sólo me dijo: «Padre, lo he perdido todo». -¿Existe tanta desesperación entre la población que queda por allí? -Lo que hubo fue pillaje y bandas que entraron a robar en las casas. Las tiendas están todas saqueadas y parte del agua y las baterías que tengo yo por aquí vienen de ahí. Pero yo por aquí no he oído ningún tiro. Lo único que veo son helicópteros volando al lado de mi torre, y temo que un día acaben tirándola. Eso es todo. -¿Se teme ahora por el riesgo de epidemias? -Todavía no saben los muertos que hay. -El alcalde habla de 10.000. -Eso es hablar por hablar. Lo mismo pueden ser 10.000 que mil porque están en las zonas inundadas. La gente que no ha podido salir nadie lo sabe. Cuando logren sacar todo el agua, que pueden tardar un mes, es cuando van a ver los muertos que hay porque ya han podido evacuar a muchos a bote y en helicópteros. -El alcalde tiene una visión muy catastrofista de lo que ha sucedido y Bush todo lo contrario. ¿A quién hay que creer? -El alcalde era el que estaba aquí. Pero, cuando vino Bush, el alcalde empezó a ser muy optimista y cambió de opinión. Lo que pasa es que el hombre estaba frustrado, la policía le estaba desertando... Pienso que la gobernadora tenía que haber mandado a la guardia nacional el primer día. -¿Ha pensado en convertir la iglesia en un refugio en este tiempo de necesidad? -No, porque no reúne condiciones. Hay que esperar a que se ponga otra vez en marcha todo el tinglado en la ciudad porque, de momento, no hay nada. La gente quiere volver. Pero volver, ¿a qué? Si no hay nada. Posiblemente muchos ya han decidido no volver porque no tienen casa y ya han encontrado un empleo en Houston o donde fueran. -Estados Unidos ha pedido ayuda humanitaria ¿La necesita realmente? Da la impresión de que se ha roto el mito de la unidad patriótica que caracteriza a ese pueblo. -No sé si la han pedido o no. Lo que puede necesitar es dinero, millones. Pero no sé hasta qué punto la ayuda puede ayudar, quizá logísticamente para reconstruir la ciudad, que hay mucho y para muchos años. Alguien me dijo que Fidel Castro había ofrecido 20.000 médicos. Pero es que no se necesita ninguno porque los enfermos han sido evacuados. Cuando él tuvo el último huracán respondió a la ayuda prestada por EE.UU: «Yo no quiero nada de esos yanquis, lo que quiero es el desbloqueo económico». Así reaccionó él, así que su oferta no se debe tomar en cuenta para nada; Fidel Castro siempre tiene que decir alguna cosa.