| Reportaje | Hay vida después del trabajo |
De mineros a políticos de a pie
Pedáneo y vocales de Santa Marina de Torre, donde saltó la chispa del plan del carbón de 1998, son prejubilados y donan su tiempo y su experiencia al pueblo, que sobrevive pese al olvido industrial
Andrés y Maximino frente a la bocamina artificial de Santa Marina de Torre en recuerdo de la minería
Santa Marina de Torre, un pueblo incrustado en los valles del Bierzo Alto que en 1998 fue detonante para la negociación del primer plan del carbón que ahora expira. Ocho mineros encerrados en el pozo María Ángela y toda una comarca levantada «hizo reconsiderar a la administración su política en materia de carbón» y dio lugar «a un proyecto con un fin social», recuerda Melchor Moreno, presidente de UPL, entonces alcalde de Torre del Bierzo. María Ángela cerró el 31 de julio de 2003. Sólo unas semanas antes Severino, Andrés y Maximino fueron elegidos por el pueblo, como independientes de UPL, para gobernar la junta vecinal. Fueron mineros y son prejubilados, como otros quince hombres que aportan a Santa Marina una edad media más joven que la corriente en el medio rural, bienestar a sus familias y mucho tiempo libre. Los demás, hasta 250 vecinos reales (300 censados, son mujeres, niños y niñas, aún hay escuela de primaria, jubilados e hijos de prejubilados que salen cada lunes a trabajar en la construcción o en la ferralla. En el pueblo sólo queda un minero en activo que trabaja en Minex, empresa del grupo Uminsa propiedad de Victorino Alonso. Con los cierres del 98, Alonso adquirió empresas en el Bierzo Alto, entre ellas Virgilio Riesco. Andrés y Maximino se turnan cada semana para recoger a sus hijos de 15 y 12 años en el instituto de Bembibre, atropan castañas y las asan para el magosto de la asociación de mujeres Carqueixa del Bierzo y hacen toda clase de «chapuzas» para el pueblo. Andrés hizo la instalación la luz en la nave que construyó la junta vecinal con fondos Miner y hábitat minero de la Junta de Castilla y León. También abrieron una bocamina artificial con siete metros de profundidad y restauraron una vagoneta con la ilusión, ya casi rota, de montar unas instalaciones recreativas, a la vez que preservar el patrimonio industrial de la minería. «Como voluntarios no le quitamos el trabajo a nadie y sin hacer nada lo único que te pueden llegar son problemas». Alcoholismo y malos tratos en la familia, aseguran, serán los males que sustituirán a la silicosis entre muchos mineros prejubilados que «se quedan plantados después de años con una jornada laboral dura». «No sé cómo estaría si viviera en Ponferrada o Bembibre». apunta Maximino. En el pueblo tiene la vía de escape del monte y el huerto y además «hay calidad de vida». Lo único que no tiene es bar. Santa Marina está a diez minutos de Bembibre y a 30 de Ponferrada, con la carretera arreglada, como el alumbrado, pero no llegó ni una empresa, ni una ayuda para crear nuevos empleos. «Estamos discriminados frente a los municipios donde nunca hubo minas», subraya el pedáneo. Andrés se prejubiló en el 2002 con 42 años y Maximino, que cumplió 51 hace seis que dejó la mina. «Después de 30 años - empecé con 12 en el exterior, sin asegurar- me ví como un guaje de dos años. Pero es un crimen mandar a la gente a casa con 40 años», opina Andrés.