Don Juan Carlos celebra con Fernando Alonso su victoria. Al lado, el monarca, el 23-F

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Xosé Luis Barreiro Rivas
León

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El reinado de Juan Carlos I de Borbón, que acaba de cumplir treinta años, coincide con una de las etapas más fecundas de la historia de España. Si se observa en términos de país, en relación con la formación y grandeza del Estado, en modo alguno se puede comparar con los procesos desarrollados entre los siglos XV y XVII. Pero si se observa desde la perspectiva interna del Estado, y del bienestar de sus habitantes, estamos ante el mejor momento de nuestra historia. Y ese es el mayor elogio que cabe hacer a la Monarquía que, por designio constitucional, reina sobre este país sin gobernarlo. Pero en España hay gente aduladora que, le-jos de analizar los hechos racionalmente, parece empeñada en negar a la patria para afirmar al rey, como si fuese éste el artífice teórico y el rector político de la Transición. Y eso es un grave error que debemos corregir. El gran mérito de don Juan Carlos I fue el haber comprendido la dinámica de la transición y haberse entregado a ella con lealtad democrática y patriotismo. Pero eso no nos permite olvidar que no fue la monarquía la que definió la Transición, sino que fue la Transición la que definió una monarquía de nuevo cuño, tan alejada de las rancias tradiciones de las casas reales europeas como del franquismo dictatorial que tuteló la restauración de 1975. La Transición Los que sabemos eso, y los que guardamos memoria de aquel momento indescriptible en el que el pueblo español se puso al frente de la Transición, amamos la monarquía que hemos construido, y aceptamos su vigencia como una parte del pacto constitucional que garantiza nuestra convivencia. Los que no lo ven así, y los que creen que la Corona se legitima en un plebiscito diario, están obligados a adular a Juan Carlos I, a poner su persona por encima de la institución, y a proyectar esa adulación sobre una descendencia que ya no cuenta con la oportunidad fundacional de la Transición para ganarse un papel en la España de nuestros días. Don Juan Carlos I es un gran rey porque reina sobre un gran pueblo en un momento brillante de su historia. Pero si le damos la vuelta al argumento, y afirmamos que somos un gran pueblo porque tenemos un gran rey, metemos a la monarquía en una crisis irreversible.

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