| Crónica | El último atentado mortal |
Sangüesa confía, tres años después, en que sus muertos sean los últimos

La última bomba mortal de ETA dejó dos cadáveres, un herido y numerosos daños materiales
A Ramón Rodríguez, tres años después, todavía le sacan cristales del cuerpo. Para este policía nacional son un recuerdo casi permanente de aquel 30 de mayo del 2003, cuando ETA puso una bomba lapa en su coche. Pero no son esos cristales lo que más le duele. Lo que de verdad lleva clavado en el alma como una chincheta es la visión de sus dos compañeros despedazados por la explosión. Eran Bonifacio Martín y Julián Embid, que se convertieron en las últimas víctimas mortales de la banda terrorista y que sólo habían entrado en el coche unos segundos antes. Ramón se retrasó, salvó la vida y si-guió viviendo con el dolor de quien ha cruzado una línea incierta e incompartible. El suyo es un dolor silencioso y solitario. «Esto se queda para mí. Lo paso día a día, noche a noche. Pero solo». Quien tampoco olvida es José Luis Lorenzo, entonces concejal de urbanismo y hoy alcalde de Sangüesa. Él fue el primero que llegó a la plaza de Santo Domingo después de que la bomba estallara. «Estaba a unos cien metros. Giré la esquina y vi todo en llamas. Me cayó encima una lluvia de cristales. Me cobijé debajo de un balcón pensando que había explotado una bombona de butano. Llegué hasta el coche. Vi a Ramón. Le habían caído encima trozos del cuerpo de sus compañeros. Me flaquearon las piernas, pero lo agarré de las axilas y lo saqué de allí como pude. Él no hacía más que preguntar por sus compañeros». Cinco mil habitantes Las siguientes horas no fueron fáciles en este pueblo de 5.000 habitantes que apenas había conocido la tensión política. El pleno del Ayuntamiento vivió momentos de nerviosismo. Patxi Urmeneta, el concejal de la agrupación aberzale Herri Ekimena, era el blanco de insultos y amenazas. «Yo fui a buscarlo y le dije que tenía una oportunidad histórica, que condenara la violencia. Y eso hizo», recuerda Jose Luis. Luego, en unas pocas semanas, llegaron las elecciones municipales. Y Unión del Pueblo Navarro (el partido con el que se alía el PP en Navarra), que había dirigido la alcaldía durante años, la perdió, y volvió la tensión política al pueblo. José Luis Lorenzo, socialista, fue el nuevo elegido con los votos de apoyo de IU y de los aberzales de Herri Ekimena. «No hubo ningún pacto. Ellos votaron lo que quisieron», afirma. Tres años después, en Sangüesa reina una extraña calma. «Todavía hoy, cuando un avión rompe la barrera del sonido sobre el pueblo, la gente se para. Aquello no se puede olvidar», dice un vecino. ¿Y la tregua? En Sangüesa reina una escéptica esperanza. «Ójala esta sea la definitiva, pero con estos nunca se sabe», dice la dueña de un comercio. «Yo hablo mucho con las viudas y ellas están demasiado dolidas como para perdonar. A ellos les han partido la vida. Y poco les importa que sean los primeros o los últimos. Además, el Gobierno, a pesar de las promesas, los han teni-do durante años pendientes de la indemnizaciones. Pero yo creo que hay que ser valiente y negociar. Animo a Zapatero a que lo haga. Va a ser difícil, pero si Dios quiere nuestros muertos serán los últimos», dice el alcalde.