Diario de León

| Crónica política | Consecuencias de los incendios |

Arde la credibilidad política

Los incendios que azotan Galicia han servido para reabrir temas políticos como por ejemplo el distinto papel que ha ejercido cada uno de los políticos en las desgracias

González gozó de alta credibilidad en su primera etapa

González gozó de alta credibilidad en su primera etapa

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Manuel Campo Vidal - madrid
León

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Ha sido -o aún es- un incendio devastador para Galicia, para el turismo y para tantas otras cosas pero está resultando nocivo, de forma especial, para la credibilidad política. Unos y otros pretenden que el fuego alcance exclusivamente a los demás, pero, aunque haya quemaduras políticas de distintos grados, es difícil encontrar alguien ileso en una catástrofe como la que vive Galicia y tiene impresionada al resto de España. Cierto es que la credibilidad también se regenera, al menos parcialmente, como la naturaleza. La dictadura de Franco dejó la credibilidad muy maltrecha, pero Adolfo Suárez la supo recuperar y con ella afrontó la transición. El vacío de la crisis final de UCD lo llenó Felipe González cosechando diez millones de votos el 28 de octubre del 82. A González, que duró trece años en el poder, los primeros con la credibilidad necesaria para meter España en la Unión Europea, mantenerla en la OTAN, reconvertir la siderurgia..., le sobró una legislatura. A Aznar, que gobernó dos períodos, le sobraron al menos dos años. Desde la boda en El Escorial de su hija Ana, cual infanta de España, pasando por el Prestige, la foto de las Azores para meter a España en la guerra de Irak y la calamitosa gestión del 11-M, Aznar dilapidó buena parte de su capital político y solo conservó su credibilidad entre los más radicales de los suyos. Zapatero sabe algo de eso, como cualquier recién llegado al poder que analiza brillantemente los errores de su antecesor hasta que comienza a cometer los propios. Quizás por eso vino a Galicia el miércoles y jueves de esta semana, para que no le pasara como a Aznar con el Prestige. Su visita molestó sobre todo a los que estaban a punto de lanzar la campaña de que «el presidente no viene», buscando la revancha de la marea negra. Tuvieron que conformarse con la entradilla-consigna con que abrieron crónicas los medios afines al PP: «Seis días después de que comenzaran los incendios en Galicia, el presidente llega...». Se puede discutir si seis días es tarde o menos tarde, aunque la magnitud de la catástrofe no se percibió hasta el cuarto. A La Voz le consta que desde el quinto día Zapatero llamaba por el móvil a Pepe Blanco para valorar la necesidad del viaje del que no se enteraron ni en Moncloa. Pero lo importante es que vino, porque al noveno día hubiera sido más difícil y después ya imposible, como le sucedió a Aznar con el Prestige. Entonces viajó a Galicia hasta el Rey pero no pudo hacerlo Aznar, aunque sí ministros metepatas tipo Federico Trillo, autor de aquella inolvidable frase: «En Galicia he visitado playas que estaban esplendorosas». Mariano Rajoy, casi siempre más sensato, confió en su día a La Voz: «Me llevaron a Muxía y me aseguraron que debajo de aquel manto negro había una playa, y la playa yo la recordaba como algo amarillo». Políticos con quemaduras La lista de políticos con quemaduras en estos días es larga y su gravedad variable, según la subjetividad de los analistas. Para unos, «el Bloque desmontó el aparato contra incendios de la Xunta exigiendo saber gallego a gente experta en apagar fuegos», algo que en el resto de España se ha interpretado como una excentricidad digna de Carod Rovira o de Ibarretxe. Para el escritor Manuel Rivas, «los culpables son gente que han vivido con rencor el cambio político», en clara alusión al PP. Para otros, la ministra Cristina Narbona perdió una excelente ocasión de callarse al culpabilizar de los incendios a los ex brigadistas resentidos por haber quedado fuera del empleo público temporal. Y así sucesivamente. De momento los únicos detenidos tienen que ver con sectores con problemas -alcohol, desequilibrios...-, pero es evidente que solo ese grupo no es capaz de organizar un incendio con catorce focos simultáneos, ni cercar Santiago o Bayona con lógica de asedio militar. Por eso, sin negar que el año sea el más seco de la historia y que los responsables de la Xunta no prepararan bien ni la gente, ni la política anti incendios, ni los bosques -ya se exigirán responsabilidades en su momento-, es a Alfredo Pérez Rubalcaba al que habrá que escuchar cuando la Guardia Civil culmine su investigación. Todo el mundo sabe que esta oleada de incendios no es normal. Curiosamente, los políticos empeñados en criticarse el calendario de sus visitas, o la oportunidad de sus declaraciones, apenas hablan de exigir responsabilidades después de una minuciosa investigación. Es difícil resolver el enigma y el resultado seguramente no será ni una sola causa, ni las siglas de un grupo saboteador o de una mafia empresarial. Pero no es imposible, con la profesionalidad de la policía científica y con los estudios existentes, llegar hasta el final. La tradicional resignación con que siempre se aceptaron los incendios en Galicia debe terminar salvo que queramos un país en el que la tolerancia en vez de virtud, sea perversión. Se cierra el aeropuerto de Barcelona por una huelga desbordada poniendo en riesgo a aviones en el aire y perjudicando a miles de pasajeros en tierra, y no pasa nada. Se quema media comunidad autónoma distinguida por sus bosques y tanto da. Descarrila un tren en Valencia y mueren 43 personas -ya van 43- y se cierra el asunto sin responsabilidades. Y los partidos, a lo sumo, utilizan estas tragedias para hacer política a corto. Así se quema, sobre todo, la credibilidad.

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