Próxima estación, la zona cero

Las miradas cansadas de los viajeros se tornan en un gesto de impresión cuando el altavoz del tren regional con destino a León anuncia la parada de Villada, todavía dominada por el duelo

La palentina Noelia y la guipuzcoana Nekane, en el regional de Villada

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Marco Romero - león / villada
León

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Una voz grabada anuncia por el altavoz la inminente llegada a Villada, zona cero de la última tragedia ferroviaria vivida en España. Los ojos de los viajeros se dirigen enseguida hacia las ventanillas, desde donde todavía se pueden observar los destrozos de las vías y algunos de los vagones -más bien masas de hierros- en los que dejaron la vida seis personas. Las miradas, unas cansadas, otras despistadas, cambian de actitud. Ahora muestran un gesto de impresión. Conversaciones a media voz y un ambiente casi de vigilia envuelven el último vagón del tren regional que se dirige hacia la madrileña estación de Chamartín. Son las 14.20 horas. Un sol insoportable planea sobre el andén de Villada. Los periodistas de televisión ensayan extenuados las crónicas que emitirán en directo, con los restos del accidente como penosa escenografía de fondo. Han llegado de todos los territorios donde hoy están de luto, principalmente de Galicia, País Vasco y Castilla y León. Los operarios trabajan sin descanso para que el paso de trenes no se convierta en un trauma para los pasajeros. Peregrinos en trenes caducos Ignacio y Nekane viajaban ayer de León a Guipúzcoa en el tren regional exprés que para en Villada. Leen la prensa, cuya portada está ocupada íntegramente por el siniestro ferroviario. El día del accidente estaban en Villada de paso con sus bicicletas. En la televisión de un bar leyeron un rótulo que anunciaba la trágica última hora. Ayer, antes de llegar a Villada, comentaban, como usuarios habituales del tren, el especial abandono que sufren las líneas del norte. «Estos trenes han quedado ya caducos, pero no viajas con miedo. Sólo por probabilidad es casi imposible que ocurra hoy, ahora, otro accidente», dice Ignacio. Noelia y José Manuel son una joven pareja de Palencia que regresa de unas vacaciones. Por la edad resulta fácil recrear una semejanza con la joven gallega Mercedes Fernández Martínez (20 años), fallecida en el accidente, y su novio, Diego Fernández, que se encuentra en estado muy grave. «No puedes pensar en ello cuando subes al tren. No es algo agradable, desde luego, pero son cosas [los accidentes] que ocurren sólo muy de vez en cuando», afirma Noelia. El encuentro, días después Ayer, poco después de las tres y cuarto de la tarde, el tren regional procedente de Palencia debería haberse cruzado a la altura de Sahagún con el tren Diurno, formado por una máquina del tipo 269 y seis vagones de la serie 9000. «Siempre nos encontrábamos por esta zona, pero la triste casualidad...», se lamenta Beatriz, una joven funcionaria leonesa que se traslada diariamente a Palencia en tren junto a su compañera Julia. La confusión que se trasladó a la opinión pública en los primeros momentos del siniestro alarmó a sus familiares y amigos. «Enseguida empezaron a llegar mensajes y llamadas de teléfono. Es cuando de verdad piensas que te ha podido pasar a ti», explica Beatriz. «Este accidente dentro de dos meses se olvida y las cosas seguirán como están. Porque no hemos sufrido accidentes, pero en estos trenes ocurren cosas que no deberían pasar, como ir en verano con calefacción o en invierno con aire acondicionado». Los constantes trastornos que han padecido viajando regularmente en tren les llevaron a poner más de una veintena de quejas contra la compañía. «Pagamos un precio europeo por un servicio tercermundista», asevera. Ojos acostumbrados al horror Cristina viaja con su madre hacia León, donde tiene que hacer un trasbordo. Renueva el recuerdo y asegura que al pasar por Villada se asustó «un poco». De hecho le sorprende que el susto haya sido mínimo. «Pienso que ya estamos acostumbrados a ver tantas imágenes impactantes cotidianamente que son muy pocas las cosas que nos pueden llega a atemorizar», explica.

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