La enferma granadina padece esta dolencia irreversible desde los once años
Una mujer con distrofia muscular pide una inyección que le pare el corazón
«Cada día que amanece es un día más de sufrimiento», se queja Inmaculada Echevarría «La idea me ronda la cabeza
Inmaculada Echevarría Ramírez sufre distrofia muscular progresiva, lo que la obliga a estar postrada
«Solo quiero morir sin dolor». El hilo de voz casi no le sale del cuerpo, pero su decisión es firme. Inmanculada Echevarría, la enferma del Hospital San Rafael de Granada que sufre distrofia muscular desde los once años, recibió en la tarde de este miércoles a los medios de comunicación para expresar su deseo de morir dignamente y pide que le pongan una inyección en el corazón. El encuentro se retrasó debido a las dificultades que aparecieron a la hora de sacar a la enferma de la habitación del centro, ya que se encuentra entubada y conectada a varios aparatos que le permiten seguir viviendo. Esta mujer menuda y de carácter fuerte insiste en que no tiene ningún aliciente para seguir adelante. Su enfermedad, que degenera progresivamente todos los músculos, no tiene curación y actualmente está en la unidad de cuidados paliativos del citado hospital. Tras perder la movilidad de extremidades y tronco, le afectó incluso al sistema respiratorio, ya que el diafragma también dejó de contraerse. Eso ocurrió hace nueve años, cuando los médicos que la atendían la conectaron a un ventilador mecánico para ayudarla a respirar, «en contra de mi voluntad», afirma. Tan convencida está de cuál es su «único deseo» que la semana pasada redactó una carta en la que explicaba su situación y que ha remitido a todas las sedes de la Asociación Pro Derecho a Morir Dignamente. Subraya que no le da miedo morir y que prefiere hacerlo antes de pasar más días con ese sufrimiento que le tiene postrada a la cama, sin poder moverse y sin posibilidades algunas de curarse. «Cada día que amanece es un día más de sufrimiento», se lamenta. Inmaculada Echevarría dejó de valerse por sí misma a los 20 años. Desde entonces, su vida ha transcurrido de hospital en hospital. Un largo camino en el que primero fueron las piernas las que dejaron de ayudarle. Después no pudo mantenerse incorporada en una silla porque los músculos del tronco no cumplían su función. Ahora, con 51 años, ya sólo puede mover los dedos de manos y pies y los músculos de la cara. Una máquina la mantiene con vida, ya que no puede respirar por sí misma.