León

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No es Gamoneda un hombre de sonrisa fácil. Su aspecto, como su poesía, es contundente. Tiene una de esas miradas perturbadoras que escrudiñan el alma. Pero bajo esa capa de aparente hosquedad hay un deje de ternura y melancolía. Mirada de hombre curtido en la vida, a la que ha sabido plantar cara, aún cuando le ha ido despojando de cariños y ahnelos. Ojos de huérfano de postguerra. Niño de una tierra de odios y miserias. Emigrante precoz. Oficinista adolescente con madre viuda. En la cabeza, sueños; y en el corazón, poemas, de Rimbaud y de Lorca. Cuenta sin tristezas y sin amarguras que su infancia transcurrió entre ferroviarios y fábricas azucareras. Épocas de represion, de censuras y de miedos. Pero le plantó cara a la insidia y se concedió libertad de pensamiento. Trabajos de penuria y ese perenne hambre en las tripas. Pronto lo contará todo en un libro de memorias que prepara desde hace años. A Gamoneda hay que saberle esperar. Su literatura no madura con las prisas. No ha olvidado ni los detalles aparentemente insignificantes de su ya larga biografia. Recuerda aquellas 89 pesetas que ganó de botones, cuando tuvo que renunciar a su infancia para enrolarse en la escuela de la vida. Ha cumplio 75 y vuelve la vista atrás sin rencor. En el horizonte ha dejado «cansancio, trabajo y tiempo perdido». La muerte ha sido desde la infancia una compañera de viaje no querida, no elegida. Se llevó a su padre cuando apenas tenía un año. Mucho tiempo después, también a su madre. Su mujer, María Ángles Lanza, ha sido una compañera de caminos, una voz en la infinita e inconsolable soledad de quien ha buscado refugios en la lectura y en la escritura. Una escritura que elabora con extenuante dedicación. Resulta increíble que su obra sea tan extensa dada su impenitente manía correctora. Las mujeres -tiene tres hijas y una nieta- han puesto en su corazón un punto y aparte de ternura. Su verso se abrió camino en una España oscura. Descripción de la mentira (1977) iluminó a una agónica generación poética que llevaba años de sequía creativa. La poesíaya no tenía marcha atrás. Años después, Edad -que le valió el acional de Poesía- le convertiría en la voz más valiente y avanzada de una prole de poetas con los que no quiso nunca «sociedades», pero a los que marcó desde la lejana diáspora provinciana. Nunca ha sido poeta de corte y artificio. La reclusión y el silencio han suplido a otros eventuales compañeros de viaje. Un largo viaje por el camino más arduo. Pocos premios, pero merecidísimos. Muchos le miran con envidia por su inquebrantable desapego; peor aún, por ser el poeta predilecto del presidente del Gobierno. Pero esa es otra historia. Antonio, no alardea. Acepta «sin excitarse» lo que tengan a bien concederle. Ayer recogía el Reina Sofía, un gracioso galalardón para un poeta republicano. Y, horas antes, le concedían el Cervantes. No importan los preemios, su poesía siempre será música, un puro blues....

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