Los coches recuperados son un bloque de metal, sólo se ven bloques de cemento y hierro fundido
Cuatro días de desescombro y ni rastro de los desaparecidos ni del coche bomba
«Ahí abajo hay dos personas y merecen todo el esfuerzo. No importa lo que se tarde». Lo dice un trabajador que ha participado en las tareas de desescombro. Lo que se ve «ahí abajo», desde un enorme ventanal de la T-4, recuerda más a las imágenes que estamos acostumbrados a ver en Irak que a la futurista terminal recién inaugurada. Los bomberos no tienen autorización para hablar sobre su trabajo y tampoco tienen ganas de hacerlo. Parecen muy cansados. Cuatro días después del atentado de ETA todavía no han hallado a los desaparecidos ni el coche bomba. Este periódico ha recorrido la zona del desastre. Hoy, como ocurre desde el atentado, el aparcamiento es gratuito. Produce congoja dejar el vehículo en el módulo A, exacto al destruido, y situado a sólo unos metros. Pensar que las cuatro plantas que tenemos encima puedan desplomarse eleva la angustia ante tanta destrucción. El módulo D no se ha derrumbado en su totalidad. Pero parece haberse fundido desde la fachada que da a la terminal. Las personas que trabajan en el desescombro semejan hormigas en medio de una montaña. La tarea parece inacabable. A primera vista no se ven coches. Sólo cemento y hierro retorcido. Una grúa naranja se adentra en el corazón del desastre y vuelve con una carga metálica. Pura chatarra. Es un vehículo. Pero tan comprimido que su altura apenas llega a la rodilla de una persona normal. Llama la atención que ni éste ni otros coches depositados para su inspección tienen color alguno. Son sólo masas amorfas de metal ennegrecido. Un policía saca una especie de gato e intenta penetrar en el bloque metálico como quien abre una lata. Tras cuatro días, apenas llevan cincuenta coches de los casi mil que puede haber entre los restos. La T-4 continúa su actividad. Pero su diáfano diseño hace imposible no ver la destrucción. La gente pega la nariz al cristal o a los agujeros de los paneles que intentan tapar lo inocultable. Preguntamos por los perros especializados en la detección de personas, pero nos informan de que ya no son necesarios. No hay ninguna esperanza de encontrar con vida a los desaparecidos. De hecho, comienza a haber pocas expectativas de recuperar sus cuerpos. Pueden haberse volatilizado como ocurrió con cientos de víctimas del 11-S.