Diario de León

Llevan más de un día trabajando en una zona con peligro de derrumbe

Los bomberos se juegan la vida para rescatar a Diego Estacio Las campanas de San Luis de Picaigua replican por Carlos Palate

El cadáver, que está entero y sin calcinar, será repatriado tras una rápida autopsia en cuanto se saque

Velatorio del cadáver de Carlos Palate, en Ambato (Ecuador)

Velatorio del cadáver de Carlos Palate, en Ambato (Ecuador)

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Gonzalo Bareño Fernando Arroyo León - redacción | madrid ecuador
León

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Los bomberos de Madrid que trabajan en el desescombro de la T-4 de Barajas se han jugado la vida para recuperar los cadáveres de los dos ecuatorianos desaparecidos tras el atentado. Si la labor de retirada de los restos del edificio es ya un trabajo peligroso, el empeño en rescatar los cuerpos ha dificultado en extremo la operación y le ha añadido un mayor riesgo que los bomberos han asumido voluntariamente. La recuperación del cuerpo de Carlos Palate fue técnicamente compleja por hallarse en la planta baja del aparcamiento, con cuatro pisos de cemento y forjado por encima. Pero en el caso de Diego Estacio los bomberos trabajaron en una zona altamente inestable y con peligro de derrumbe. En un principio había pocas esperanzas de encontrarlo, al creerse que su coche estaba en la segunda planta, al lado de la furgoneta bomba. Pero la rectificación de su compañera, que situó el vehículo en la primera planta, concretamente en la plaza 616, hizo que se retomara el esfuer-zo. Cien bomberos han trabaja-do sin descanso para ello. Por medio de un fibroscopio, una cámara alojada en un brazo flexible, se pudo localizar a través de una burbuja de aire entre los escombros el Renault Clío blanco de Estacio. La cámara consiguió mostrar en torno a las dos de la mañana del viernes lo que parecía un antebrazo saliendo de una de las ventanas del coche. Desprendimientos Para introducir la cámara a esa profundidad, varios bomberos tuvieron que reptar por una zona altamente inestable en la que todavía se producían pequeños desprendimientos. Al igual que en el caso de Palate, el vehículo de Estacio no estaba calcinado y el cuerpo, al margen del aplastamiento que haya sufrido, está entero. Varios bomberos se mostraron dispuestos a intentar practicar un túnel entre los escombros para recuperar el cadáver, pero sus superiores se lo impidieron. Ante el peligro evidente de desprendimiento que implicaba esa técnica, se optó por otra mucho más lenta consistente en ir retirando una a una las capas de cemento y forjado situadas por encima del vehículo. Esa opera-ción requirió más de 17 horas de trabajo soportadas con angustia por la familia de Diego Estacio, cuya única esperanza era ya recuperar completo el cadáver para poder darle sepultura en su país natal. Las previsiones a última hora de ayer eran llegar al vehículo y, como se hizo en el caso de Carlos Palate, serrar el techo del Clío para acceder al cuerpo. El cadáver será entregado a la familia lo más rápido posible. Al igual que con su compatriota, el Gobierno se comprometió a una rápida autopsia de Diego Estacio que facilite al máximo la evacuación de los restos a Ecuador. Proceso lento Es el sexto día de labores de desescombro y rescate y los bomberos y las Fuerzas de Seguridad no han tenido apenas descanso. Recuperaron en la madrugada del jueves el cadáver de una de las víctimas, el de Carlos Alonso Palate, también ecuatoriano, pero aún tendrán que trabajar más de diez horas para hacer lo mismo con el de Estacio. La localización del vehículo de este joven ecuatoriano, de 19 años, amante del baile y del fútbol,sobre las nnueve del jueves. Se encontraba aplastado por otros dos coches, estos a su vez bajo tres forjados, y en una zona de muy complicada accesibilidad, lo que obligó a retirar los escombros de forma prácticamente manual. Los bomberos trazaron una galería muy estrecha por la que, acto seguido, introdujeron una cámara de fibra óptica con el fin de certificar que el vehículo hallado era el de Estacio. Mediante la cámara, los bomberos y los integrantes del cuerpo de la Policía Científica pudieron ver un brazo. Las campanas de la iglesia de San Luis de Picaigua, un humilde poblado del centro andino de Ecuador, no cesan de repicar la víspera del entierro de Carlos Alonso Palate. El sonar de las campanas acompaña los ruidos del viento, de los pájaros, de los árboles y del volcán Tungurahua, un inquieto y activo vecino, que para la ocasión se cubrió con un velo de nubes, que impedían verlo, pero dejaba escuchar, de vez en cuando, sus bramidos. Tampoco han cesado el ir y venir de amigos, vecinos y familiares a la casa de los Palate, una vivienda pobre, justa para los cuatro miembros de la familia que viven allí y que lloran la inimaginable muerte de Carlos Alonso.

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