De Juana no gana peso y los médicos temen por su vida

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M. Sáiz- Pardo - madrid
León

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El etarra Iñaki de Juana Chaos no ha engordado un solo kilo desde que el pasado 1 de marzo abandonara su huelga de hambre, una vez que el Gobierno aprobó atenuar su prisión y trasladarle al hospital Donostia de San Sebastián. Según los últimos informes médicos remitidos al Ministerio del Interior y a Vigilancia Penitenciaria, el recluso pesa 57 kilos, exactamente lo mismo que hace nueve días y 33 kilos menos que cuando inició su primera huelga en agosto del 2006. Esta situación -revelan los análisis del Servicio Vasco de Salud- hace temer por la vida de De Juana. En particular, tres informes apuntan la posibilidad de que el paciente sufra un fallo cardíaco, ya que su corazón tiene continuas arritmias como consecuencia de la anemia que le aqueja y de sus bajos niveles de potasio. Los facultativos prestan especial atención durante los últimos días a un soplo localizado en una de las válvulas del corazón y que, lejos de desaparecer, se hace cada vez más audible. Numerosas afecciones La anemia es sólo una de las numerosas afecciones que padece el interno tras 115 días de ayuno voluntario. Los médicos aseguran que, a pesar de ingerir alimentos blandos desde su llegada al País Vasco, De Juana sufre «desnutrición severa, digestión deficiente, atrofia, debilidad muscular y pérdida de fuerza». El etarra, como ya ocurrió en la última fase de su alimentación forzosa por vía nasogástrica en el hospital madrileño del Doce de Octubre, no asimila la comida, porque, al parecer, no logra digerir completamente los alimentos y las heces se acumulan en su interior. Ninguna de estas patologías -insisten los especialistas- puede ser tratada por el momento. Su debilidad hace imposible practicarle los análisis clínicos para determinar la causa de la fuerte anemia que sufre (falta de hemoglobina) y si ésta, tal y como sospechan, se debe a la ausencia de hierro. Tampoco se han podido iniciar los ejercicios de rehabilitación muscular, habida cuenta de que su debilidad extrema hace imposible cualquier terapia. La única evolución positiva en el estado general del preso son sus riñones, dañados por una huelga anterior en la década de los noventa.

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