| Reportaje | Libertad por horas |

«Regresar a la cárcel es nuestra prueba de fuego»

Una veintena de voluntarios dan cobertura a cada permiso, que se hace con un mínimo de tres presos y no mezcla a hombres y mujeres

El obispo de León saluda a presos de permiso durante la Semana Santa

León

Creado:

Actualizado:

Juan Francisco salió por primera vez de permiso a los tres años de estar en la cárcel y tiene claro que si no hubiera existido la casa y el programa tutelar de Cáritas «no habría salido o me hubiera costado mucho más». Es canario y cumple la condena en Mansilla de las Mulas desde que le trasladaron desde una prisión de Las Palmas. «No es un ningún castigo, va por boleto, al que le toque», matiza. La masificación de las cárceles del sur se palía con el «superávit» de plazas penitenciarias que hay en comunidades como Castilla y León. Y tan lejos de casa es difícil, si no imposible, conseguir una salidad de cuatro días. Está de permiso, como otros once presos, para pujar uno de los pasos de la Semana Santa leonesa, la Condena de Cristo. Pero recuerda bien el choque de la primera vez que salió de la cárcel de Mansilla: «Si no fuera porque los voluntarios están pendientes de tí y te arropan todo el tiempo, habría estado totalmente desorientado», reconoce. «En un permiso pueden llegar a participar veinte voluntarios repartidos en horarios de mañana, tarde y noche», subraya la trabajadora social de Cáritas, Loli Santos. Los presos tienen oportunidad de conocer los lugares más emblemáticos de la ciudad y su historia, asistir a exposiciones o eventos deportivos, hacer compras o simplemente disfrutar de una tertulia o salir un rato por la noche (no más allá de las dos de la madrugada o en la hora que se marque en cada caso). El programa permite que los voluntarios planifiquen con cierta libertad el disfrute del tiempo que pasan con los presos. Además suelen organizarse visitas turísticas a lugares emblemáticos: Jiménez de Jamuz y su tradicional alfarería, Astorga, Hoces de Vegacervera, Valdorria... y otros muchos sitios. En algunos permisos los presos han podido disfrutar de fiestas populares con voluntarios, como las patronales de Argovejo, o de la convivencia y actividades al aire libre en casas rurales, en Riello y Crémenes. «Soy feliz porque no hago nada y me lo dan todo», subraya Antonio, voluntario en diversas oenegés desde hace nueve años, «empecé cuando tuve a un familiar con alzhéimer», que en los últimos meses ha colaborado con el programa tutelar de permisos para presos de Cáritas en León. Con todo, para Juan Francisco, «nuestra prueba de fuego es regresar de nuevo a la cárcel». Volver a la rutina de la condena. Lleva un año en León y en este tiempo no ha visto a su mujer. Además, el traslado a otro penal supone «empezar de nuevo», explica. Ahora trabaja en en labores de reciclaje y aunque no cobra -asegura- «lo hago con todo el orgullo del mundo». «He echado la solicitud para irme a mi tierra», añade, porque piensa que, si estuviera allí, habría accedido al tercer grado. Al menos tiene los requisitos para solicitarlo: haber cumplido las tres cuartas partes de la condena y pagado la responsabilidad civil. John Jairo González, de 39 años, y natural de Ciudad Pereira (Colombia) cumple una condena de nueve años por un delito contra la salud pública (tráfico de drogas) y salió por primera vez de permiso hace cuatro meses, cuando cumplió cinco años de reclusión. «Soy extranjero, si no existiera esta casa no habría podido salir», reconoce también. El día que salió cumplió la promesa de confesar a su madre que estaba en la cárcel. Hasta entonces no le había contado la verdad: «Lo primero que hice fue llamar a mi madre y a mi ex esposa, me sentía igual que un niño al que le abren la puerta», explica. La cárcel no sólo ha sido la experiencia más dura de su vida. Los años de ausencia le han obligado a resignarse a no contar con sus hijos. También ha perdido a su mujer: «Ella necesitaba mi apoyo y yo no puedo dárselo». Además, «la distancia causa el olvido», apostilla. Trabaja como limpiador en la cocina, un destino para el que tuvo que realizar un curso de 150 horas. «Es un buen sitio, pero me lo he ganado», aclara. Pese a las «malas circunstancias», la cárcel tiene la «ventaja» de que deja mucho tiempo para pensar y John mantiene la ilusión de «volver a salir y rehacer mi vida». Para ello sabe que es imprescindible «pasar los obstáculos de cada día» y contar con apoyo.

Cargando contenidos...