Cruces, imágenes, cálices, estampas, cirios y casullas apenas mueven ya un pequeño negocio de 6.000 euros al mes
El mercadillo de objetos para la Iglesia sobrevive con una única cooperativa
Iconos rusos y griegos desplazan como nueva moda a la artesanía religiosa local
El cura Fermín Villada, ante el escaparate preferido de su tienda de piezas de culto
El negocio, hasta hace poco floreciente de objetos para las iglesias, ninguno barato a pesar de que debajo de las apariencias barrocas, la riqueza no fuera tanta como brillara, ha quedado reducido en la última década a una única tienda en la diócesis de León, que, bajo el cartel de Cooperativa Eclesiástica Leonesa, factura la módica cantidad de seis mil euros mensuales, el equivalente a apenas un millón de las desaparecidas pesetas. Se mantiene atendida detrás de la Catedral, en el número 5 de la calle Donantes de Sangre, con un veterano cura por todo dependiente, Fermín Villada, que las tardes de diario y los fines de semana debe atender también a media docena de pueblos de la Sobarriba como párroco de Villacil. La cooperativa es, sin embargo, un bazar internacional en pequeño de piezas que sólo se pueden encontrar allí: cruces, cálices, sagrarios, casullas y todo tipo de ropa para celebraciones religiosas, imágenes de cualquier santo o santa habida y por haber, etcétera. Y, cuando no están en la estantería, en el almacén o el escaparate, se encargan por catálogo. Las estanterías de la tienda llaman la atención de los turistas perdidos en los aparcamientos del barrio de la Palomera, junto a puerta Obispo y las murallas, aunque casi ninguno pasa adentro. Es lógico, porque lo que se ofrece allí carece de utilidad para cualquier casa que no sea la de un cura, preferiblemente de pueblo: casullas entre 80 y 600 euros, cálices y copones a precio parecido, sagrarios a 275 euros (a elegir por catálogo), cruces procesionales para todos los bolsillos, aunque la más llamativa de ellas se oferta por la nada despreciable cantidad de 1.194 euros, ni uno más ni uno menos. Al final y como objetos más modestos aparecen imágenes de santos de todos los tamanos, facturas y calidades, desde tallas artesanas hasta figuras y figuritas de yeso hechas a molde y luego repintadas que representan a casi todo el santoral o, por lo menos, al más ecuménico y universal. El cura Fermín lo administra todo y unicamente lamenta que por estas fechas y Navidad, cuando los emigrantes leoneses regresan a la tierra de origen, no siempre puede venderles lo que exactamente quieren: una figura de la Virgen de su pueblo, llámese ésta como se llame. «Comprenderá usted que hay cientos y es imposible». Llegan los rusos Se matan, en cambio, dos empresas rusas por reproducir en mosaicos y tallas las imágenes de La Virgen del Camino para vender en todo tipo de romerías, hasta el punto de que los pequeñas empresas de aquel lejano país han llegado a pleitear ante el Obispado de León para dilucidar cuál de ellas podía tener la exclusiva. Salomónicamente no se la ha dado la razón a ninguna, así que en la próxima feria de San Froilán las figurillas a la venta tengan como denominación de origen cualquier lugar de aquella estepa, pero no de los páramos de aquí. Por lo demás el fenómeno corre paralelo con la creciente demanda de iconos de países del Este. Según el cura Fermín empezaron los rusos, pero luego se introdujeron los griegos y, aunque ortodoxos y no católicos, están conquistando los dos el mercado. Las tablas de virgenes y santos, da igual de cualquiera de los dos países, se han puesto de moda hasta desplazar a las imágenes de la artesanía local, como si se tratara de un cuadro más, tomado a título de decoración o como objeto de regalo. Su precio oscila en torno a los 120 euros y el origen está garantizado con los correspondientes certificados de importación: que se hagan en serie o no, a la gente no le preocupa.