| Reportaje | La ficción histórica |
El ataúd era el original La tumba de un rey Las vísceras del Hermoso Una entrada angosta Conspiración, impotencia, asesinato... los secretos esperan bajo las tumbas
El primer estudio multidisciplinar de un rey español abre la puerta a una serie de investigaciones que podrían cambiar las fuentes de los historiadores

DL
El ataúd de madera en el que apareció el infante es el original, en el sentido de que no parece haber habido una previa reducción de restos, afirmación que está avalada por la presencia de material esquelético de pequeño tamaño conservado que, de otro modo, se habría perdido. El esqueleto pertenece a un joven con las suturas craneales aún sin cerrar y con zonas que no han completado su desarrollo óseo. La espléndida escultura de Gil de Siloé oculta la tumba del infante rey Alfonso. No se sabe cómo fue enterrado en Cardeñosa ni en Arévalo, pero en Miraflores fue depositado en un sepulcro cerrado a cal y canto, con grandes filtraciones de agua y carente de ventilación, situación que fue determinante para la desintegración de la mayoría de los huesos, principalmente la cabeza. La leyenda cuenta que en esta tinaja se encontraban las vísceras de Felipe el Hermoso, esposo de Juana La Loca. Al parecer, con el fin de que el cuerpo no se pudriera en su traslado a Granada, se le extrajeron las entrañas, que se guardaron en la hornacina. Pues bien, según Luis Caro, la tinaja contenía tan sólo piedras y arena, con lo que los restos pudieron haber sido destruidos, como en otros casos, por la francesada. La entrada hacia el lugar donde se encontraban los restos mortales del infante Rey Alfonso, hermano de Isabel I, era muy angosta. Tanto que tan sólo pudo penetrar en ella la antropóloga María Edén Fernández Suárez. Luis Caro ha manifestado que la humedad ha afectado a los restos con lo que ha sido imposible demostrar si realmente el infante fue envenenado. El alcance de la investigación que la Junta puso en marcha el año pasado es mucho mayor de lo que podría pensarse en un primer momento. No se trata tan sólo de la posibilidad de acceder a las características físicas de un rey sino a la capacidad de resolver misterios de la historia de España que, de otra manera, seguirían llenando páginas de ensayos y novelas históricas con poco más que elucubraciones como base científica. Un ejemplo claro lo tenemos en el estudio de los restos del infante rey Alfonso, el hermano de Isabel I. Durante siglos, las crónicas se hicieron eco de la creencia popular según la cual el infante murió envenenado por los partidarios de Enrique. La causa hay que buscarla en la extraña muerte que tuvo. Las fuentes informan de que, tras comer una trucha empanada, perdió el habla y la conciencia, sufrió de coagulación de la sangre y tuvo la lengua hinchada y negra. Sin embargo, los médicos desecharon la posibilidad de que se tratara de la peste negra, puesto que no tenía engrosamiento de los ganglios, ni vómitos, ni diarrea. Asimismo, la rapidez del óbito (enfermó el día 30 al anochecer y falleció el cinco de julio) se convirtió en otro factor importante para dar pábulo a las teorías de la conspiración. El último en subirse a este barco ha sido Antonio Gala, que en su libro El pedestal de las estatuas , acusa a la Católica de asesinar a su hermano con el fin de proclamarse reina. Pues bien. Los estudios realizados dejan poco lugar a las dudas. No hay evidencias que puedan llevar a la conclusión de que la muerte de Alfonso fue provocada. Es de todos sabido que en aquella época el envenenamiento se realizaba principalmente a través de metales, como arsénico o plomo, por ejemplo. Pues bien, no se han hallado restos de sustancias de este tipo, con lo que es más que probable que la muerte se debiera a otras causas, aunque la rapidez de su muerte dificulta el hallazgo de metales en el hueso. Madre e hijo Además, los estudios genéticos certifican que los restos de Alfonso tienen el ADN mitocondrial de la mujer que comparte sepulcro con Juan II, con lo que queda demostrado que se trata verdaderamente de Isabel de Portugal y su hijo Alfonso. Pero, además, hay muchos más capítulos de la historia que podrían cerrarse si se abrieran las tumbas. Luis Caro apunta dos posibilidades. Para empezar, el estudio genético de Enrique IV, enterrado en Guadalupe, y el de su supuesta hija, Juana, cuyo cuerpo yace en Portugal, podría resolver al fin la duda acerca de la paternidad de un hombre cuya más que probable homosexualidad provocó la patraña de una pretendida impotencia. De esta manera, la virtualidad histórica daría un giro de 180 grados y la entronización de Isabel de Trastámara como reina quedaría en entredicho. Es decir, se demostraría el derecho al trono de la hija de Enrique IV. En el año 1946, Manuel Gómez Moreno y Gregorio Marañón estudiaron los restos de Enrique IV. Los procedimientos de investigación, casi arqueológicos, con los que Marañón tuvo que enfrentarse al cuerpo del rey hicieron que el ensayo biológico siguiera los datos que habían aportado historiadores anteriores y sirvió para echar más tierra sobre la ya maltrecha fama del rey, al que también se tildó de eunuco. «Lo que no cabe duda es que su cabeza tenía más de alimaña que de hombre», «... queda fuera de duda, que era un displásico eunucoide con reacción acromegálica, y ello nos explica todas las modalidades de su carátcer y de su vida sexual, que tanto influyeron en los destinos de España»... Todo muy objetivo y basado en el rigor científico. Otra de las posibilidades que se abren con esta investigación pionera alude a la posibilidad de abrir los ataúdes de las hermanas del rey Enrique de Castilla, las hijas de Juan II y María de Aragón: Catalina, Leonor y María.