El PSOE acusa a la Iglesia de usar dos varas de medir, pero no romperá los acuerdos con Roma
El Gobierno reclama respeto a los obispos pero sin crear otra trifulca
De la Vega opta por una respuesta de perfil bajo, mientras José Blanco lanza los ataques
Fernández de la Vega compareció tras el Consejo de Ministros
Respuesta de perfil bajo en el Gobierno e indignación en el PSOE. La implicación de los obispos en la campaña para las generales del 9 de marzo provocó ayer la reacción airada del secretario de Organización socialista, José Blanco, quien tachó a la jerarquía eclesiástica de hipócrita e incoherente. Pero la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, optó por afrontar la cuestión con estoicismo, situó las críticas de la Conferencia Episcopal dentro del juego de acuerdos y desacuerdos entre la Iglesia y el Estado, y subrayó que serán sus fieles quienes juzguen el comportamiento del Episcopado. Sólo dejó caer una queja: «el terrorismo debe quedar siempre fuera de intereses partidarios, no debe haber nunca más voluntad que ponerle fin, sin caer en la tentación de instrumentalizarlo». La número dos del Gobierno trató en todo momento de rebajar la tensión sobre este asunto. El mismo jueves por la tarde, horas después de que la Conferencia hiciera pública su recomendación de no votar al PSOE, llamó al presidente de los obispos, Ricardo Blázquez, para exigir respeto. Su posición, sin embargo, es la de no hacer mucho ruido con el asunto. De hecho, estableció la conversación dentro de las «relaciones institucionales normales y frecuentes» con la jerarquía eclesiástica y descartó una reacción inmediata del embajador español ante El Vaticano, Francisco Vázquez, en protesta por el trato recibido. Los socialistas se mueven entre dos aguas. De un lado, quieren evitar un enfrentamiento con Iglesia porque la bronca escoraría su estrategia de manera excesiva hacia la izquierda cuando queda poco más de un mes para las elecciones. La proporción de católicos entre los militantes socialistas es además, según fuentes del partido, idéntica a la de la sociedad española. Y sean más o menos críticos con la jerarquía eclesiástica, este sector tendría difícil asumir una ruptura radical del partido con la institución que ordena su fe. La tesis de la dirección socialista es que, cuanto menos hostiles se muestren, más incoherente resultará la ofensiva de los prelados. Pero el rifirrafe tiene también otra vertiente. Los socialistas se han sumido en los últimos meses en un importante debate interno a cuenta de la inclusión en su programa electoral de propuestas para la reforma de la ley del aborto, la eutanasia o la autofinanciación de la Iglesia. La discusión se saldó a favor de quienes, como el propio José Luis Rodríguez Zapatero, defendieron renunciar a estas reivindicaciones históricas del partido.