| Reportaje | Adiós al tren del pasado | JOSÉ MARÍA MIRALLAS PANIELLO | GUARDABARRERAS EN EL CRUCERO
Mirada de 360 grados al siglo XIX «Te dicen de todo menos guapo, pero un falló aquí es la cárcel»
En noviembre se cumplen 145 años desde que León tuvo un servicio ferroviario regular. El paisaje urbano que dibujan las vías decimonónicas del t
Llega el momento de una nueva estampa. En cuestión de semanas, los raíles decimonónicos que dibujan el paisaje urbano del oeste de la ciudad serán borrados. No más hierro ni piedra. No más despedidas ni reencuentros al aire libre porque después todo ocurrirá a seis metros bajo tierra. Hay muchas imágenes para el recuerdo desde que León consiguió un servicio ferroviario regular el 9 de noviembre de 1863. Aquel día se paralizó la ciudad. Se suspendieron las funciones teatrales, se contrataron bandas musicales, el Ayuntamiento arregló los baches y desperfectos de la calle de las Negrillas (ahora Ordoño II) y se realizaron obras de beneficiencia. El tren configuró una lenta transformación económica y social en la ciudad y eso mismo se espera de la llegada de la alta velocidad, orientada a integrar dos realidades urbanas separadas históricamente por los raíles y a colocar a León en la red ferroviaria europea de alta tecnología. Al pasado le quedan horas. Es una garita de unos ocho metros cuadrados. Una mesa, dos sillas, dos teléfonos, una emisora y un torno para bajar la barrera a mano -«son 14 vueltas cada vez se sube o se baja»- componen el centro de control del paso a nivel del Crucero, en donde cada día se cruzan cientos de coches y peatones con los trenes que van o vienen de Asturias y Galicia. «Un fallo aquí es la cárcel. No somos burócratas. Trabajas con la vida de las personas. No puedes dudar ni lo más mínimo y aquí sabes que lo primero es lo primero», afirma José María Mirallas Paniello, uno de los últimos guardabarreras que quedan en todo el país. Esta semana su turno empieza a las once de la noche y acaba a las siete de la mañana. La noche no es muy complicada. Hay poco tráfico de vehículos y personas y está previsto que esta noche pasen 13 trenes, casi todos de mercancías. Casi es medianoche y el termómetro marca 25,3 grados en el interior de la cabina. Suena la alarma que advierte de la próxima entrada de un tren. El botón verde se ilumina intermitentemente y José María introduce en una caja metálica la llave metálica que le permite manipular el torno que baja la barrera que corta el tráfico en la avenida doctor Fléming. Hasta que la central de circulación no le dé una nueva señal, la llave no desbloquea el sistema, por lo que aviso para conductores que pitan: «Te dicen de todo menos guapo, pero ellos no saben que nosotros no podemos hacer nada hasta que recibimos la orden», explica. El tiempo le da la razón. Con la llegada del primer tren y la inminente entrada de otro, los automovilistas se empiezan a poner nerviosos y protestan con el claxon, pero nadie puede hacer nada. «Te lo tienes que tomar con tranquilidad», reconoce. Es lo que le queda. Entre tren y tren, José María estudia libros sobre plantas medicinales, su gran pasión junto a la charla con puro. «Al final te conviertes en un ermitaño», comenta. Guardabarreras, una especie en extinción. Todas las fuentes oficiales consultadas aseguran que ya no quedan más vigilantes de pasos urbanos en España. En todo caso, ellos son los últimos de León: Julián León, Francisco Moldes, Valeriano Martín, Carlos García y Florentino Vilorio.