El PSOE abandona el «socialismo clásico» y reivindica al individuo como su objetivo

María Teresa Fernández de la Vega (c), junto a Bibiana Aído y José Blanco, entre otros
El PSOE dio luz verde en su 37 Congreso al mayor vuelco ideológico desde 1979, año en que decidió en otra asamblea el abandono del marxismo. El partido gubernamental incorporó a su acerbo doctrinario la primacía del individuo, «como objeto de acción del socialismo», en detrimento de las corporaciones, el partido o el sindicato. El ponente Ramón Jáuregui resumió la almendra del congreso: «las aportaciones ideológicas son similares a las del de 1979, el del abandono del marxismo, salvando las distancias». Se ha abierto el camino, dijo, al «socialismo de los ciudadanos, al republicanismo cívico y al individuo como objeto de acción del socialismo»; es la izquierda «del siglo XXI». Se trata, prosiguió, de alcanzar «el ciudadano blindado» en sus derechos y libertades. Otra de las ponentes, la portavoz en el Senado, Carmen Silva, abundó en la misma impresión y señaló que el PSOE ha dado en este congreso «varios pasos adelante en la profundización de los derechos». Con independencia de que las valoraciones grandilocuentes, los socialistas tenían la sensación de que vivían momentos para la historia y llegaron a acuerdos, casi todos por unanimidad pese a las notorias desavenencias de partida, para avalar esas apreciaciones doctrinarias. Cuatro meses después de haber rechazado incorporar a su programa electoral una reforma de la ley del aborto, la aceptaron ahora. «El PSOE apuesta por una ley de plazos», proclamó rotunda Silva. La vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, de paso por el congreso, acogió de buen grado el envite y anunció que el Gobierno no será refractario a esa petición y elaborará una nueva ley «vanguardista» que recogerá «las experiencias más innovadoras de las leyes europeas» para que España «esté a la vanguardia». Los avances en la laicidad del Estado se harán «con mesura», en palabras de Jáuregui, pero sin pausa puesto que la aconfesionalidad es un proceso que requiere «generaciones» y no se puede «imponer por ley» un concepto que conjuga «la moral pública y la ética constitucional». Los socialistas abogan, de momento, por «la desaparición progresiva de símbolos religiosos».