El líder socialista se inclina a la izquierda en un acto público a escasas horas del debate de la nación
Zapatero entierra el diálogo y culpa de la crisis a los Gobiernos de Aznar
Chaves afirma que el PP impide un acuerdo económico por «su condición de partido del no a todo»
El presidente del Gobierno saluda al lendakari en presencia del ministro del Interior en el acto de
madrid
La mano tendida del Gobierno al primer partido de la oposición tiene muchos peros. José Luis Rodríguez Zapatero echó ayer tierra sobre la oferta de diálogo que durante toda la semana había prometido la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, con un ataque sin paliativos a un PP al que llegó a responsabilizar de la situación económica. Encendido por el ambiente electoral del acto organizado por los socialistas en el Palacio de Vistalegre, el jefe del Ejecutivo aseguró que fueron las políticas de José María Aznar, ahora defendidas por Mariano Rajoy, las que condujeron a la actual recesión. «¡Pero si no pudo él solo empujarnos a la crisis y tuvo que hacerlo con su amigo Bush!» ironizó.
A dos días para el Debate sobre el Estado de la Nación, el PSOE inclinó su balanza con claridad hacia la izquierda, pese a dar por hecho que estos tiempos requerirían políticas concertadas por los dos grandes partidos. El presidente de la formación, Manuel Chaves, admitió incluso que los ciudadanos no demandan otra cosa que el pacto, pero se escudó en que el PP lo hace imposible por «su condición de partido del no a todo». Los ejemplos elegidos para ilustrar su afirmación no fueron los más afortunados; habló de los avales a pymes y autónomos, aprobados por unanimidad en el Congreso, y del fondo para contratos locales de obra pública, que los populares tachan de ineficaz aunque no vetaron. El PP «considera el paro como una bendición que le ha caído del cielo», acusó.
Los socialistas preparan para la sesión de mañana dos tipos de propuestas: ayudas para los desempleados (en España hay 1,5 millones de personas que no reciben prestación) y reformas para avanzar hacia un modelo de crecimiento basado, según Zapatero, «en menos ladrillo y más ordenadores; menos petróleo y más energías limpias». Las primeras acercan al PSOE a las formaciones de izquierdas, que en las últimas votaciones parlamentarias no han dudado en enseñar las uñas al Gobierno. Para las reformas estructurales hace falta, según aceptan en La Moncloa, el acuerdo con el PP. Pero con las elecciones europeas a las puertas, las posibilidades de acuerdo quedan lastradas.
El presidente del Gobierno, rodeado de todo su gabinete -a excepción del ministro de Justicia, Francisco Caamaño-, todos los secretarios generales de su partido -a excepción del presidente de la Generalitat catalana, José Montilla- y de los candidatos al Parlamento Europeo, optó en Vistalegre por un discurso explosivo.
La antigua plaza de toros de Carabanchel es para el PSOE un lugar especial en el que echan el resto, bien sea para impulsar, bien para cerrar sus campañas. Esta vez los oradores sacaron al ruedo a la bestia negra de su electorado: Aznar. Tanto es así que Zapatero ni siquiera nombró a Rajoy en toda su intervención, aunque de manera indirecta le hizo responsable subsidiario de todos los males causados por su antecesor, incluido el desempleo actual. Aseguró que el afán «desregulatorio» del PP y sus políticas de suelo crearon una «gigantesca burbuja inmobiliaria» que al estallar «expulsa a cientos de miles de trabajadores al paro». «Eso no volverá a suceder en España», prometió.
«Demonios»
En el discurso del presidente del Gobierno no faltó ni uno solo de los «demonios» de la izquierda: la Iglesia, el empresario, la prensa conservadora y George Bush. A la jerarquía católica le advirtió de que sacará adelante la ley del aborto; «no vamos a consentir que nadie entre a decir cómo son los principios o la moral que tenemos cada uno», dijo. Ante el jefe de la patronal, Gerardo Díaz Ferrán, optó por guardar silencio «para no perjudicar el diálogo social». A quienes hablan en las radios y escriben en los diarios contra sus políticas les advirtió que vendrán «buenas noticias» en materia económica y tendrán que mirar para otro lado. Y frente a Bush sacó pecho.