Diario de León

Reportaje | m. almanza

Vivir de la chatarra

Las nuevas generaciones de trasmontanos aspiran a un trabajo convencional, que supondrá un cambio radical de vida y el abandono de una tradición que durante décadas dio de comer a sus ascendientes

Exterior de la capilla

Exterior de la capilla

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León

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Uno de los Pabellones del Oeste está habitado por familias de etnia gitana que, en ocasiones, lo conciben como lugar de paso que abandonan para trasladarse a un piso cuando encuentran trabajo. Los trasmontanos portugueses, por contra, se quedan. «Trabajando en la compra-venta de chatarra no podemos vivir en un piso normal», explican, mientras señalan los enseres acumulados en las inmediaciones de sus casas, una fuente de ingresos mermada en los últimos tiempos porque este producto parece cotizarse menos que antes. No sucede lo mismo con algunos jóvenes, integrantes de la tercera generación, que no desean dedicarse a este negocio y aspiran a un trabajo y una vida convencionales. Sólo algunos de los trasmontanos portugueses de este asentamiento trabajan con atracciones hinchables para los niños o vendiendo globos. Otros disponen de ayudas que concede la Administración para personas sin recursos.

Un día normal para los hombres en este asentamiento comienza con la salida en busca de la chatarra que días después venderán. Regresan para la hora de la comida y dedican las tardes a las labores de acondicionamiento de la zona, mientras las mujeres emplean el día en cuestiones domésticas y familiares. La religión parece ocupar un lugar importante en sus hábitos diarios: cinco días por semana el pastor evangélico -"uno de los pilares del avance hacia la integración-" conduce los ritos en la pequeña capilla habilitada por ellos mismos en una dependencia de uno de los pabellones, que incluso luce una cruz en el exterior.

Dicen tener buena relación con los astorganos y no sentirse rechazados en la mayoría de las ocasiones, aunque admiten que hay de todo. «Pero una vez que la gente nos conoce, es otro mundo, se da cuenta de que no hay motivo para el rechazo», argumentan. «Todos los niños están escolarizados, y han mejorado mucho la higiene. Aprenden y respetan las normas», señala Victorina Alonso, que resalta que de la zona han desaparecido todas las chabolas. Sólo queda la de la señora María, la matriarca, una anciana a la que los técnicos admiten que será difícil convencer para que cambie de costumbres.

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