Otra muerte es posible
Testimonio | mercedes pérez zúñiga
Una voluntaria de DMD cuenta que lucha por el derecho a elegir ante la muerte, «para no volver a sentir la impotencia de no saber a quién recurrir en la búsqueda de ayuda» tras morir su hermana.
E n el último verano del siglo XX, a mi hermana Marisa, también una gran amiga, con 47 años, la detectaron un cáncer de pulmón. El pronóstico era malo. Ello me obligó a mirar a la muerte cara a cara. (...) Su primera reacción, por ella misma y por los que la queríamos, fue luchar por seguir viva, a pesar de la fragilidad de su cuerpo.
Comenzó la quimioterapia, con los consiguientes efectos: sensación de acorchamiento, cama, vómitos interminables, asco a la comida, pérdida de inmunidad e ingreso hospitalario. Parecía que el tratamiento se la iba a llevar por delante; sin embargo fue eficaz y le dio unos meses de respiro, pero a costa de ir perdiendo movilidad y fuerzas para las pequeñas cosas de la vida cotidiana.
Contaba con una buena red de apoyo familiar, que se desvivía por cuidarla, acompañarla, animarla, luchar con ella. A menudo nos recordaba la suerte que tenía por ello.
Desde el principio, nos dejó claro que no quería vivir a cualquier precio, que iba a decidir hasta cuando iba a luchar y cuando no iba a seguir luchando. Quería morir en casa, rodeada de los suyos. Empezó a arreglar sus asuntos pendientes.
Después de las fiestas de navidad, en la visita al oncólogo, le preguntó sobre la probabilidad de una mejoría y que calidad de vida podía esperar. Este le manifestó claramente que el punto máximo de bienestar que podía esperar era como se encontraba en ese momento.
Cuando de nuevo sintió los síntomas del tumor, se planteó el dilema de volver al tratamiento, con el cuerpo ya muy deteriorado o aceptar que era el fin.
Con el tiempo, leyendo a Ramón Bayes, conocí que ese momento es lo que llama la muerte psicológica. Según nos contó después, fue uno de los momentos más difíciles de todo el proceso.
Decidió dejar de comer, creyendo que con ello iba acelerar su final, pero el corazón seguía latiendo a pesar de su progresivo deterioro físico. Dejó de poder pasear por la huerta, de disfrutar la primavera en nuestro jardín. Cuando se miraba en el espejo se quedaba asustada ante su cuerpo desvastado por el cáncer y era consciente del horror y del miedo que sentían sus sobrinos cuando la veían.
Más tarde perdió la capacidad para concentrarse en la lectura, que había sido consuelo para tanta inmovilidad.
Ante su progresiva pérdida de calidad de vida, asomaron ciertos temores a perder el control y sentirse indefensa.
Fue cuando nos planteó que había llegado el momento de su muerte.
No quería una muerte violenta, deseaba evitarse y evitarnos un sufrimiento inútil y sin esperanzas, una agonía lenta e interminable. Su deseo era quedarse dormida y no despertar. Muchas noches, al despedirnos para irnos a la cama, me lo contaba: «Desearía abrazar a mi compañero y no despertar».
Nos pidió ayuda para poner fin a su vida. Su deseo era no implicarnos en dificultades legales y ser ella misma la que tomara las píldoras mágicas y conseguir su autoliberación.
Llamamos a muchas puertas, todos nos entendían pero había mucho miedo y nos costó encontrar un médico que nos indicara qué podía tomar.
Con las pastillas ya en la mesilla, se serenó. Comenzó a despedirse del mundo, del mar, de los seres queridos.
Hablaba del morir como una liberación de su cuerpo maltrecho, del último viaje, ella tan viajera, a la nada.
Un tarde de primeros de mayo, después de nueve meses de enfermedad, decidió que había llegado su momento; se despidió y serenamente tomó las pastillas. Se quedó profundamente dormida toda la noche.
Por la mañana despertó. La dosis no había sido suficiente para parar su corazón. Fue un momento muy duro para todos, pero ella tenía tan clara su determinación que ese mismo día volvió a tomar otra dosis más alta. Su agonía duro ocho horas. Ocho horas en las que todos junto a ella, respirando con ella, la acompañamos hasta el suspiro final.
He de confesar, que a pesar del dolor intenso ante su pérdida, ha sido una de las experiencias más valiosas de mi vida. El hecho de acompañar a mi hermana hasta el último momento me ha permitido perder muchos miedos al proceso de morir, entender el sentido de la compasión y sentir la vida de una manera más profunda y completa.