La actriz Christina Ricci protagoniza «Vidas furtivas», en el papel de niña judía

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Eduardo Galán
León

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Como Orlando o La lección de tango, Vidas furtivas es otra de esas películas extrañas de Sally Potter. Afortunadamente, aquí la pedantería desaparece en favor de un realismo poético naif y, aunque la historia deviene en saga imposible, es cierto que hay muchas secuencias de belleza innegable. En virtud de esa potencia estética se nos hacen llevaderos y, a veces, hasta agradables los avatares de la protagonista, transformada de niña judía rusa a emigrante con pasaporte británico. Sus aventuras la llevan de la Rusia bolchevique en los años 20 a los Estados Unidos rooselveltianos, pasando por la Inglaterra de los 30 y el París de la ocupación nazi. La sensación de dearraigo y de melancolía que impera en la película, es lo más logrado en esta historia de supervivientes y de huidas: «Huir es bueno. Huir y vivir es mejor que quedarse y morir», le dice Johnny Depp, otra vez gitano después de Chocolat , a la nívea Christina Ricci. En la innegable fotogenia de estos dos actores, juntos también en Sleepy Hollow, reside el encanto de Vidas furtivas . Un atractivo visual que se hace extensivo a Cate Blanchett, maravillosa imaginándose chica de las coreografías de Busby Berkeley. A esta fascinación visual no es ajeno el trabajo, extraordinario en texturas, de Sacha Vierny, el fotógrafo habitual de Peter Greenaway. También resulta divertido y sórdido el miserable cantante italiano de ópera encarnado por John Turturro. Y además, aunque diste mucho de ser redonda, la película se abre y cierra con dos hermosísimas secuencias unidas por una sola canción.

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