El actor Nicolas Cage en primer término, junto al director Ridley Scott

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César Wonenburger
León

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Después de sus últimos, aparatosos, frescos y sinfónicos encargos de gran envergadura y vasta promoción, pero absolutamente impersonales, podría afirmarse que Ridley Scott regresa ahora al territorio íntimo de la música de cámara, donde su discurso fluye de manera más libre y original. El realizador parte de una idea que ha propiciado varias películas importantes (entre las últimas, The grifters de Stephen Frears, a la que este filme recuerda en más de un momento, y la argentina Nueve reinas ), o sea: el timador que a su vez resulta timado. No se desvela nada fundamental del asunto diciendo esto. Cualquier espectador entrenado ligeramente en desmontar intrigas adivinará de lo que va la historia a los cinco minutos, y el mismo Scott cuenta con la complicidad de éste para que asista, desde su privilegiada butaca, a la anunciada caída del protagonista, un Nicolas Cage al límite de sus posibilidades, enredado fatalmente en su propia tela de araña. No, ese es simplemente el hilo sutil del que el director, con ritmo preciso y finas dosis de ironía, va tirando para enganchar al público; pero, en realidad, lo que él quiere contar es otra cosa: el proceso de redención personal de un individuo patético, encerrado en una impenetrable burbuja y atrapado en su propia rutina (lo mismo da que se dedique a timar a incautos, faltándole lo esencial, como podría trabajar como funcionario y su vida sería igualmente triste); su particular viaje de la oscuridad a la luz. En suma, regreso de Scott al cine de ideas con una propuesta sustanciosa. LOS IMPOSTORES: Reino Unido-EE.UU. Director: Ridley Scott. Intérpretes: Nicolas Cage, Alison Lohman.

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