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Las dudas del hombre-araña
Spiderman, en un mano a mano contra su antagonista, el Dr. Octopus
Cuando Spiderman asomó a las pantallas, hace dos años, proponía variables que la hacían diferente al trillado subgénero de los superhéroes, del que Hollywood usó y abusó con el descaro de un sinvergüenza. Su director, Sam Raimi, y los restantes guionistas acertaron al marcar la diferencia en el enfoque. El fotógrafo Peter Parker estaba dotado de inmensos poderes, pero al mismo tiempo aparecía como un despistado incorregible que le aproximaba al espectador más allá de la parafernalia visual de estas producciones en las que se hace imprescindible meter a un villano, alardear de las virtudes del prota y dar acción por un tubo. Spiderman 2 tenía que ir un poco más allá y para eso nada mejor que humanizarlo hasta límites próximos a la hilaridad porque, entre otras cosas, lleva fatal lo de sus inmensos poderes y parece no acostumbrarse a ellos. Pero sobre todo tiene a Mary Jane, la chica de sus sueños... Está en esas cuando de repente se cruza en su trayectoria el peor de los peligros, el Dr. Octopus, dispuesto a eliminarlo. Y eso que Octopus no es más que un brillante científico reconvertido a monstruo contra su voluntad. De propina, Raimi saca una Nueva York de trazos fantásticos, que con ayuda de la cámara SpyderCam, es el marco a espectaculares tomas del superhéroe, filmadas desde 700 metros de altura. Puede que a esta segunda entrega le haya abandonado el desodorante de la originalidad, pero reafirma la misión última de una película fantástica: entretener y divertir. Al menos, Spiderman es un hombre lleno de dudas, y eso se agradece. SPIDERMAN 2: EE.UU., 2004. Dir: Sam Raimi. Int: Tobey Maguire, Kirsten Dunst, Alfred Molina. 127 minutos