El paisanaje
P'arriba y p'abajo
EN LAS plantas quinta, sexta y séptima del número 10 de Ordoño II hay un trajín de mudanzas como pocas veces se ve en una comunidad de vecinos. «¿Qué hago con esta caja?», se desgañitan a voces los operarios. «Súbela, coño», contesta desde el quinto uno del PP. «¿Y con ésta otra?». «Bájala, pero con mucho ojo», responde desde el séptimo otro del PSOE. Como todo el mundo habrá adivinado ya, son los concejales de León, que se acomodan en sus nuevos despachos después de la moción de censura en el Ayuntamiento. En cuanto a la caras de unos y otros, es lástima que ya las hayan palmado de pintores flamencos el Bosco y Brueguel el Viejo para inmortalizarlas en otra «Rueda de la fortuna», aquella de los reyes que subían y bajaban como en una noria, porque hay que joderse, por perdón, pero vaya cuadro. Para los forofos de Aquí no hay quien viva y tranquilidad del vecindario hay que añadir que del cuarto piso para abajo todo sigue igual: en la planta baja no te informan, en la primera ni te atienden, en la segunda siguen cobrando la contribución, en la tercera las multas de tráfico y en la cuarta, que es la de Medio Ambiente, todos los funcionarios fuman. O sea, que no es para tanto. Ha llovido mucho desde que uno empezó a escribir del Ayuntamiento, allá a primeros de los setenta y de mudanzas de alcaldes, y, al cabo de tantas mudas, la única conclusión que saca, después de sobrevivir a todos, es que unos eran más guarros que otros. En cuestiones de urbanismo, contratas y contratos a dedo, cambios de chaqueta (ojo al bolsillo de la cartera), favores a los amigotes, etcétera, es mejor tirar de la cadena. Fueron tiempos inolvidables, eso sí, como cuando el fiscal de la audiencia empapeló a un servidor, de oficio y por desacato al alcalde de la época, con motivo de la primera visita a León de los Reyes de España en octubre de 1978: el Ayuntamiento había gastado una pasta gansa en construír ex profeso un water de mármol en el consistorio de San Marcelo con materiales y fontanería adquiridos de urgencia a cierto concejal e industrial del ramo. Y, como la inversión quedó desamortizada porque Sus Majestades no se dignaron mear en él -otra vez perdón- ni falta que les hacía, me empapelaron a mí con no sé qué rollo de higiene democrática. Estuve tres años firmando cada quince días en la Audiencia, al final me absolvieron, el hijo del fiscal también es ahora fiscal, pero de izquierdas, y el dicho minguitorio ahí sigue, impoluto como antaño. Si alguien no se lo cree, puede pedirle la llave a Amilivia. Está llegando al salón de plenos, según se escupe, a la derecha. Se dice todo esto por rejuvenecer y porque en cuestión de política municipal ya está todo muy visto. La única diferencia, si acaso, es que, entonces, excepciones aparte que confirman la regla, los políticos llegaban al Ayuntamiento medianamente forrados para forrarse aún más, en tanto que hoy día la cosa se ha democratizado: los más vienen sin oficio ni beneficio, con una mano detrás y la otra delante, como vulgarmente se dice, y salen todos muy bien abrigados en pisos, negocios, empleos de segunda mano, etcétera. Tampoco hace falta dar nombres. Basta con que cada cual le dé un repaso al concejal de su barrio a ojo de buen cubero. Decía cierto amigo de izquierdas, una vez que estaba a punto de ser echado de un sillón importante, que para dedicarse a la política había que tener «retaguardia»: ser rico, funcionario o capacidad para tragar por lo otro, cosa que a él no le iba. Porque no veas lo mal que se pasa cuando te largan de un empleo oficial (el cargo dura cuatro años, como mucho, y luego hay que renovar el contrato). Otro amigo, éste de derechas, solía decir también que lo único que le iba a diferenciar de sus rivales en el duro momento de la retirada de la cosa pública era que «ellos aspiran a seguir viviendo de las rentas y nosotros de la renta de las rentas para que la inflación no nos coma el capital». En aquella remota época servidor, que era un pardillo, se escandalizaba, pero ahora piensa que el tiempo les ha dado la razón a los dos. Y que la historia se repite con muy escasas variantes, como la artrosis. Repásese también, si no, la lista de los concejales modernos y, ya de paso, la de la parentela. Parece ser que la moción de censura del viernes tuvo mucho que ver con una «jubilación dorada» para el concejal De Francisco. Preocupado por la caída de la Bolsa yo también fui el viernes al banco para preguntar cómo me iba el plan de pensiones, pero el empleado se limitó a comentar los números rojos con un escueto «todo lo que sube, baja». Ya tengo ganas de encontrarme de paisano por la calle al ex alcalde Paco Fernández. Podíamos hacer un sindicato.